De la gala carnavalera.

A mí no me gustan los carnavales por donde quiera que los considere, aunque soy respetuoso, a pesar de que otros muchos que van de tales por la vida después son los primeros que insultan aquello que sí me gusta a mí.

Históricamente, en mi entorno de finales de los Sesenta y siguientes, aquello era más bien parecido a lo que ahora es el tan denostado Halloween, a saber: grupos de mascaritas, vestidos de manera horrorosa, infundiendo miedo, pidiendo güivitus con chantaje incluido. A mi madre le llenaron una vez la casa de bolas de barro estampadas en las paredes cuando les reprochó la grosería con que habían entrado en su acera, llenándolo todo de barro. Y las fiestas que remataban el día, a base de borracheras y trompadas. Mi padre se partía el alma de risa si en el trayecto de El Masapez a San José éramos abordados por algún grupo de aquellos, que me provocaban pesadillas de semanas.

Conceptualmente, como debe resultar de un cabeza cuadrada, el Carnaval no va conmigo. Eso de disfrazarse para ser lo que no eres, para transgredir, para dejar una impresión de sudor, de sexo guarro, de olor a meados, de vahídos a alcohol, pues… a mí no me va. Y como yo respeto, hay que respetarme a mí, allá cada cual con sus gustos.

Es verdad que durante los primeros Ochenta asistí al concurso de murgas y algún pasacalles; me llamaba la atención la gala de la elección de la reina y algunos años participé, pero ni me llenó como para entusiasmar, ni lo que vino después me gusta, especialmente las murgas. Por tanto, no suelo ver la gala televisada, salvo dos excepciones: hace lo menos quince años, cuando salió una parienta de mi mujer, y la del sábado pasado, cuando salió alguien representando a Aguas de Teror, la empresa para la que trabajo. En el primer caso fue curiosidad, que no me satisfizo cuando me resultó imposible identificar a aquella mujer, estaba irreconocible.

En el caso del sábado, cuando hay alguien que representa al municipio donde vivo y más a la empresa que llega hasta allí por el aporte de mucha gente anónima entre quienes estoy, pues me permito asomar un ratito, no mucho, pero ver al menos el desfile de mi paisana. Y como debe ser, hice mi llamada y di mi voto, que a simpática y guapa no le gana así como así ninguna otra. Pero… siendo muy diplomático, hay mucho que aprender.

De nuevo, el reconocimiento de la cara de mi guapa vecina fue imposible, tras el maquillaje. Eso les pasa a todas, pero a mí no me gusta. Otra cosa que no entiendo es que salgan haciendo playback de una canción, como si en lugar de la reina se estuviera asistiendo a un escala en hi fi. La belleza de la candidata queda escondida, y eso no lo puedo entender: así como el drag queen se valora por lo feo que resulte, a la candidata la esconden detrás de kilos de pinturas.

Y el disfraz. La candidata lo hizo lo mejor que pudo: sonrió, miró siempre a la cámara correcta, tuvo una actitud desinhibida, desenfadada, como debe ser, pero… cristiano, si estaba virada para adelante, se le iba todo el garbo de la actuación. Un disfraz tiene que ser fácil de llevar, la mujer tiene que estar derecha, y si puede ser, bailar mientras lo conduce, y esta pobre parecía (con perdón) un nazareno jalando por un paso de Jueves Santo.

Que después fuera más o menos espectacular es algo secundario, aunque a mí no me gustó: buena idea de fondo pero muy sencillo por fuera, muy … seco. Además de que los colores de nuestro orgullo terorense no parecían ser los más adecuados para una noche espectacular en Santa Catalina.

En fin. Siguen sin gustarme los carnavales, pero creo una buena idea la participación, y si se tiene la humildad de aprender de los errores y mejorar, yo vuelvo a ver el año que viene, si Don Carnal me lo permite, a la candidata de Teror, sea quien sea.

Debate y escoria.

Prueba1Hace tiempo estuve colaborando en el blog de un amigo durante más de dos años escribiendo mis cosas, veces dulces, veces ácidas, a mi manera, sin una periodicidad establecida pero de modo regular. Aquellos penosos remedos de artículo daban lugar a muchas visitas, encendidos debates, opiniones favorables y desabridas, pero me dejaron el regusto de la mala educación en muchos de ellos, de la mala baba, de la sensación de que esta sociedad chabacana, grosera e impertinente se había apoderado del debate, la discrepancia elegante, e incluso de la tan despreciada pedantería, que al final resulta preferible antes que el autoritarismo latente.

Cuando me quejaba a mi amigo, éste me respondía que no dejaría de publicar opiniones más allá del Código Penal (ese compendio de leyes españolas que siempre defiende al asesino frente al asesinado; a quien insulta frente al insultado, y en general, a quien se salta la Ley antes que a quien pide su amparo) y que no podía imponer a la gente que tuviera educación y, ya puestos, que supiera escribir con un mínimo de respeto a la Ortografía.

Me llegó a salir quien se oponía porque sí, criticando hoy lo uno, mañana lo otro y al tercero lo contrario. Incluso hubo veces en las que, por dejar en evidencia su papanatismo, le llegué a aceptar su opinión contraria, me puse de su parte y también eso me lo descalificaba. Naturalmente, estimo en mucho a mi amigo, pero así no se puede estar y lo dejé. Los números dirán ─de hecho, dicen─ qué se ha ganado y perdido en el envite, más de lo segundo, al parecer.

El comportamiento asqueroso de esta sociedad de telebasura, falta de la educación mínima, acostumbrada al todo vale, a la imposición de sus opiniones, a la falta de respeto, a la justificación de todos sus atropellos, al escándalo, el chillido, el grito, ha venido a dar últimamente abandonos amargos de quienes tienen mucho que dar y que por supuesto ha venido a ser recibido como únicamente saben los cochinos: revolverse en su propia mierda.

Reinas magas y pajas reales.

Reyes MagosNo viene a cuento meterse en el terreno de la exégesis evangélica, que en cualquier caso siempre estoy dispuesto a debatir porque es un tema que me apasiona. Únicamente diría que sobre la base del llamado protoevangelio de Mateo, escrito en arameo a poco de la muerte del pretendido Mesías, se escribió todo un tratado evangélico dirigido a la comunidad judía de Caldea, la más numerosa y floreciente del exilio, la Diáspora.

Claro que se puede negar la veracidad de todos estos escritos y su misma existencia, pero por esos mismos motivos, yo podría negar la existencia del mismísimo Sócrates. La doctrina Julián Marías («¿usted lo vio?») no puede argumentarse en muchos casos, como este mismo.

Conforme a la costumbre persa, continuada por los griegos y por los judíos, Jesús tuvo su biografía de la infancia, una sarta de disparates que tratan de presentar al modo oriental al gran hombre que fue después, en el caso de los judíos las historias de Moisés y David, por ejemplo, y que son imposibles de conciliar con la vida adulta de los héroes. De Jesús se escribieron toda clase de disparates que no pueden tomarse en serio, y cuando en el Concilio de Hipona de 393 se estableció el canon de los libros sagrados cristianos, ya quedó claro que los llamados Evangelios de la infancia de Jesús eran apócrifos ─no escritos, se sobreentiende que por la inspiración divina─.

Se les planteó entonces el qué hacer con algunas de las cosas seguidas por los creyentes y no resultaban dañinas para el dogma cristiano. Y en cuanto al nacimiento y la infancia de Jesús ─hay otras ya de mayor─ se colocaron en la llamada Sagrada Tradición todas esas cosas que hasta la actualidad se siguen viendo en los Belenes, aunque en ocasiones contradiga al evangelio canónico: El Nacimiento en una cueva; el gallo que cantó; la flor en la vara de San José; la alpispa ─ya sé que se dice pájaro lavandera en el canario actual─ que borra las huellas de la Sagrada Familia rumbo a Egipto… Y que los magos eran tres, eran reyes y se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar.

Posteriormente, los tres reyes fueron cambiando de raza hasta ser blanco, amarillo y negro; y acabaron enterrados en la catedral de Colonia, Alemania. A todo ello se suma el verdadero primer Belén representado, el de Francisco de Asís, que haciendo una piadosa interpretación de un pasaje del profeta Isaías (Is 1,3), convierte el Nacimiento en un potaje de todo ingrediente.

El llamado Evangelio según San Mateo fue compuesto para anunciar a la comunidad caldea la resurrección de Jesús y la nueva religión; escrito sobre la base del protoevangelio, se ocupa de hacer constantemente a Jesús el Mesías, el objeto de todas las profecías, y añade un nexo con el lugar adonde se dirige, en el cual hay una religión, el mazdeísmo, que se basa en la llamada profecía de Zoroastro, según la cual el hijo de Dios nacería en un lugar señalado por una estrella. Sus sacerdotes ─los llamados magos─ serían los señalados por Mateo para reconocer a Jesús como rey de todas las religiones.

Después, cada cual hizo la interpretación que quiso, incluyendo aquella de Jiménez del Oso en los setenta, según la cual, la Estrella de Oriente era un ovni, y pasando por la de JJ Benítez en los noventa, donde todos los actores de aquella leyenda eran marcianos. Más lamentable es la reacción de los propios católicos cuando Benedicto XVI fue a poner las cosas en su sitio y se le tiraron al cuello creyentes, ateos y resto de la fauna desde la ignorancia y la demagogia.

Lo de Carmena de este año ha sido un paso más. Sólo eso. Un paso para destruir el Día de Reyes, banalizando y frivolizando el sentimiento de mucha gente, sabiendo ─y esto es lo que más duele─ que quienes se sienten ofendidos van a reaccionar de una manera tan sonrojante que al final hasta los amantes de esta Fiesta nos sentimos avergonzados y le daremos la razón a Carmena para que a fin de cuentas haga lo que cualquier ateo: acabar con cualquier vestigio que le suene a cristiano.

De cuando se me reconoció como erudito.

books1No sólo fue que aprendiera a leer aquel verano de 1969 en la Escuelita de Esperanza, no bien cumplidos los cuatro años, sino que me gustaba leer de manera exagerada, y allá donde iba buscaba de inmediato en los bajos de las mesas de los recibidores alguna revista que echarme a los ojos y saciar aquella sed inexplicable, y si había mueble en la sala solía ser habitual que hubiera una enciclopedia Larousse de siete tomos, roja o verde, que para mí era llegar al paroxismo.

De aquella manera me resultaron extrañas a edad precoz tanto las protestas de fidelidad de Sofía Loren como la supuesta neutralidad de una enciclopedia que empezaba hablando de todas las religiones y acababa con nuestro Señor Jesucristo.

Pronto se hizo fama mi proceder, a más que era una época en la que se extendió el tener alguna revista en las salas y el uso de la famosa enciclopedia como adorno de aquellos muebles que se pusieron de moda, mitad estanterías, mitad aparadores. Fue un tiempo en el que contrajo matrimonio toda la generación de mis padres, diez años arriba o abajo, y se tenía la costumbre de hacer visita al nacer el primer hijo. El matrimonio anfitrión recibía en su sala recién estrenada, proponía brindis de bebidas (¿quién no recuerda Marie Brizad, Perfect Amour, Martini…) y algún enyesque. Y cumpliendo un extraño ritual, yo trataba de picar un cacho de salchichón y me llevaba el primer Sergio, no seas descorto, pronunciado por mi madre con su más fino acento, que habría resultado dulce si no fuera porque iba acompañado de un pellizcón en el antebrazo que sólo quien se ha llevado uno es capaz de comprender. Después venía el momento de enfrascarme en lo que hubiera para leer, que además del pellizcón y la admonición fue más de una vez acompañado por la sorpresa de los anfitriones, que aconsejaban a mi madre que me corrigiera ese problema del leer, que cualquiera sabe dónde acaban esas cosas. La corrección consistía en una bronca pertinaz al regreso a casa, las horas que hiciera falta hasta dormir y un par de días más tarde. Mi madre no paraba de clamar al Cielo su mala suerte, pero en el momento de la visita sacaba su otra frase para todo cuando algo mío no le cuadraba: “Es que el niño tiene la cabeza cuadrada”, su indiscutible disculpa.

Una vez se casó un primo hermano de mi madre y cuando nació su primer hijo, allá que le fuimos a hacer la visita. Yo tenía lo menos diez años entonces, mi padre ya tenía coche, y al llegar a aquella casa me sorprendió lo bonita que era la sala, la madera, el tallado, la tela, los adornos que aquella mujer tenía… Me quedé mirando como un papanatas todo aquello, y en esto que la dueña de la casa, con visible cara de apuro, va y me dice: “Sergio, ¿no te gusta ningún libro de los míos? Dicen que siempre que vas a una casa lees y aquí no te veo prestar atención a nada…”

¡Boh! Al instante estaba mi señora madre con su bronca y su pellizcón, colorada de la vergüenza y sofocada: “¡Sergio, no seas descorto y hojea algún libro, malcriao!”

Aquel 20 de noviembre…

adan del castillo5Me levanté a las seis de la mañana para ir al colegio, era miércoles, y teníamos que estar en la parada a las siete menos cuarto, cumpliendo aquella injusticia de ser los primeros niños en salir y los últimos en llegar a las casas, allá cerca de las seis de la tarde. Maquinalmente, puse la radio en marcha, aquel aparato Phillips que me conectaba con Radio Nacional de España para escuchar el Diario Hablado, el parte de las seis, que repetía monótono el parte firmado por el equipo médico habitual, donde se hablaba de peritonitis, estado estable dentro de la gravedad, de aquel abuelete lejano que unos decían que se moría y otros que quizá Dios lo salvaba. Fuimos a varias misas en diversas parroquias, oficiadas por la salud del Caudillo, que en los partes, empero, era siempre llamado Su excelencia el Jefe del Estado. En Tamaraceite, un hereje se atrevió a decir que era una inutilidad, que a ese ya no lo salvaba ni Dios, para asombro y agitación de mi madre.

Aquella mañana no hubo parte, sino que se venía hablando desde antes cuando yo encendí la radio. «Ya se murió», fue lo que dije a viva voz, cosa recriminada de inmediato por mi madre, y por una vez hasta mi padre se acercó a escuchar la radio. Todo se puso gris: mis padres, los chiquillos de San José del Álamo, que ya llegaron aleccionados a la parada, el chófer… El miedo se apoderó de todo mi entorno.

En el Adán del Castillo no se abrieron las puertas hasta las ocho de la mañana, como todos los días. Hacía un frío del diablo, nosotros estábamos allí desde las siete y poco, tirados en la calle, pero Manolito no se dio las vueltas habituales en su bicicleta de curas por el patio vacío y su perro corriendo suelto, inmisericorde, mientras nosotros, del más viejo al más chico, a veces, nos enchumbábamos de agua, y otras, como aquel día, nos congelábamos de frío.

Pasamos al patio, a cobijarnos debajo del saliente del comedor, o a correr, pero ese día, Manolito nos advirtió de que no se podía jugar, ni gritar, ni «armar escandalera». Sonó la sirena y fuimos a formar, a la fila, pero no hubo la habitual técnica de disciplina paramilitar. Los maestros estaban nerviosos, serios, cuchicheaban. Al final, salió el Cabo al patio, sin bata, y se reunió con todos los tutores. La mía, la señorita Míriam se nos dirigió. Nos comunicó oficialmente que se había muerto Franco, que las clases quedaban suspendidas hasta el lunes, que nos teníamos que marchar a casa, esperando las guaguas, en orden y sin gritar. Nada de gritos ni de juegos. Alguno se llevó un caponazo cuando soltó un berrido de contento, en otras filas.

Días de luto, banderas a media asta, música clásica y noticias, fotos de Franco por todos lados, ambiente de las semanas santas de antes, televisión de documentales, música militar y retransmisión en directo de todos los actos que ahora forman parte de los documentales de la época, y que vi en el televisor de mi abuela.

El domingo 24, una vez acabados los funerales, sobre las dos y media, de golpe, la tele puso Heidi y yo volví a mi rutina. No tenía constancia, ni mucho menos, de que acababa de ver días históricos, que nadie me  tiene que volver a contar ahora.

Dime quién fui. Elisa Rodríguez Court.

books1Tengo claro por todos sus artículos, que Elisa Rodríguez Court representa algo así como la unión de lo contradictorio: lo delicado con lo firme; lo tierno con lo duro; los sueños y la realidad, por ejemplo. Y cuando vi la reseña de la presentación de este libro y de lo que trataba, me interesó. Estoy acostumbrado con Santiago Gil a ver la decadencia física desde el punto de vista de la persona que la sufre, pero este libro lo hace desde varias perspectivas, sin alharacas, sin campañas de promoción, sin pretender sentar cátedra.

Y el resultado ha sido abrumador: en ciento sesenta y siete páginas hay más densidad que muchos de más del triple. Y no digamos de quien si no hay mil no firma contrato. Me ha hecho vivir la historia que narra, ya directa, ya tangencialmente. Y la ha trufado de citas, en una presentación ingeniosa que tiene mi complicidad desde la primera de ellas, porque al fin y al cabo, este aprendiz de lector barato ha leído muchas de ellas y de alguna manera se siente uno cómplice.

Me encanta haber comprado ese librito, tenerlo entre mis cuatro estanterías y saber que será consultado más de una vez. Comparto las citas que se han dispuesto, pero yo me quedaría, al final, con una de la propia autora: «Me viene a la mente esa cosa llamada realidad, y la imagino como un teatro donde cada cual representa un papel, según el disfraz.»

Stephen Hawkings en Teror.

Virgen del PinoEl sábado por la mañana, por un tris no llegué a ver nada menos que a Stephen Hawkings paseando por Teror, lo que para mí habría sido ver a una de las mayores autoridades de todos los tiempos, puesto que ambos creemos en la Teoría del Todo, con la nada sutil diferencia de que él es quien es, y yo un Platero sin poesía.

Como es de esperar, los primeros espadas municipales no tardaron en reflejarlo en sus muros de Facebook, cosa que me parece normal. No todos los días se tiene paseando por el casco histórico municipal a alguien de semejante relevancia, por lo demás muy lejana de la estúpida importancia de políticos y gerifaltes de todo jaez que suelen ser nuestros habituales visitantes. Lo que no sé es cómo se habrá sentido encima de una silla de ruedas al desplazarse en el insufrible empedrado de los alrededores de la basílica, con toda esa aparamenta electrónica que lleva siempre consigo. Le habrá temblado hasta el sintetizador de voz.

Lo que me produjo congoja fue la reacción de los segundos espadas, los marujos esquineros del pueblo terorense, esos que son los que siempre salen en las entrevistas de la televisión y las fotos de los periódicos, esos que nos dejan casi siempre a nivel del culo para abajo, esos que se apuran a comentar allí donde se les deja. El nivelazo ha ido desde el «gracias al nuevo gobierno municipal nos visitan hasta estas figuras» hasta el habitual «la Virgen del Pino ha vuelto a recibir una visita digna de su empaque», y demás ñoñerías tan de aquí.

Qué nos importará a nosotros la Ciencia, el Futuro, el Conocimiento y el Saber si ya tenemos, año por año, el aniversario de algo, la expectación por el manto anual de la Virgen, el cartel ganador, el sorteo de las carretas, la evocación de la visita de Unamuno y todo aquello que nos une, aunque sea caminando siempre para atrás. Que también es caminar, oye, te dirá un defensor de las tradiciones así entendidas.

Correctio fraterna.


books1Hace unos días, Emilio González Déniz llamó Carlos “V” a quien en realidad es “I”, en uno de sus artículos, dando por bueno una vez más un error al que estamos tan acostumbrados que ni nos llama la atención. Levanté el dedito ─con la palma hacia afuera, oiga, que uno no es malcriado─ para corregir el inadmisible error. Y en la exposición de mi tesis correctora, fui a poner a Carlos I nada menos que como padre de Carlos II, en lugar de antecesor, que era mi intención verdadera, y con lo que me comí de un tajo toda la línea de los Austrias, desde el primero, que sí era “V” de Alemania, hasta el último, aquel Hechizado, que otra cosa no sé, pero era feo de cojones.

Emilio, haciendo uso ladino, sibilino, fino y supino de su saber enseñar, me ofreció el trato de no pelearnos y dejar la cosa en un cambio de nombres, a la vez que me arreaba el merecido cachetón, por pedante, tiquismiquis y cogérmela con el más fino papel de fumar. Pero no le acepté el trato. No peleamos, simplemente reconocí mi fallo y agradecí la corrección.

Eso me dio pie a pensar ─siempre digo que esta gente es muy mala influencia─ en que esta sociedad actual es mediocre porque no acepta que nadie le corrija. Si se te ocurre decirle a alguien hoy en día cómo se escribe una palabra, cuál fue tal o cual rey, de dónde viene esta expresión, o sitúas algún hecho ahora aborrecible en el contexto original, no esperes que te lo agradezca. Lo normal será, primero, un comentario borde, desabrido; segundo, la defensa a ultranza de lo que quiera que piense el otro, imponiéndola como si es a marronazos; tercero, el insulto que te llevas, que resultará más o menos suave dependiendo de su conveniencia, sin descartar que, antes o después, te mande al coño de tu madre.

Así nos va.