El último cántico del Siervo.

Despreciado y rechazado por todos, sometido a dolores, habituado al sufrimiento, todos se taparon la cara, me despreciaron y no me hicieron caso. Maltratado y humillado, no abrí la boca, como cordero arrastrado al sacrificio.

Enterrado entre malhechores, como Jonás en el vientre de la ballena esperé un ángel al tercer día, pero me tuve que despertar solo. El sepulcro no tenía losa, ni había guardias dormidos. No hubo plañideras ni mirra, nadie anunció mi regreso y en el recorrido por Jerusalén, Belén, Betania, en busca de cojos que andan, ciegos que ven, leprosos limpios, todos los gallos cantaron y nadie me negó.

Sólo Tomás, incrédulo, no creyó la noticia de mi regreso y permaneció en vez de huir a Galilea con todos los demás a sus quehaceres, libres por fin de mi presencia.

Lleno del Espíritu Santo, alegre en el Señor mi Dios, ahí se quedan mis escritos, ¡Oh noble José Ignacio!, para que teniendo tú las llaves de mi birrioso Reino, cierres la puerta y pegues fuego, mientras yo abandono este mundo en la primera nube que se me cruce. No te preocupes por la falta de funeral, que, total, este que te bendice nunca fue muy católico.

2 pensamientos en “El último cántico del Siervo.

  1. Este magnífico texto me deja desconcertada. ¿De qué siervo se trata? ¿Quién es ese personaje bíblico, Jesús? ¿Se trata de una metáfora? No sé si es casualidad, pero antes al acostarme un ratillo a dormir la siesta me viniste a la cabeza; te echaba de menos por estos lares, aunque últimamente yo tampoco he tenido mucho tiempo de revisar el facebook. Un abrazo, Sergio. Estupendo e inteligente escrito, como todos los tuyos, aunque algo enigmático e inquietante, la verdad.

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