Villa Melpómene, de Santiago Gil. Delicia literaria.

books1Esta novela me resulta paradójica, porque si hay algo que me ha costado el parto de los montes para aprender a usar, eso ha sido comprar una novela en formato electrónico y saber dónde y cómo leerla después, pero si hay algo fácil de hacer y seguro de disfrutar, eso es siempre leer cualquier texto de Santiago Gil, y si es novela qué contar. Gracias a la paciencia de Santiago se obró el milagro y tengo un nuevo título añadido a mi producto interior, gracias a él un poco menos bruto.

Nunca me creí que el narrador fuera un francés ni un señor de Murcia, porque Santiago es de Guía y dos piedras, pero los primeros capítulos (iba a decir páginas, pero aquí no sé si llamarles pantallazos) se me fueron de la vista como si se tratara de Vázquez Montalbán, y a mucha honra, que haberle traído a la mente a uno semejante autor no es cosa de poca importancia, con aquello de “Un polaco en la corte del rey Juan Carlos” que tan fácil es recordar y atrévase usted a escribir de igual manera.

La descripción que se hace del personaje Lucía me llegó al alma, porque eso Santiago no lo sabe pero retrata con una fidelidad casi exacta a mis dos hijas: le faltó haberlas traído de Arbejales en vez de La Laguna y yo le pongo dos personajes por el esfuerzo que él pone una. Si sabré yo, como describe él, lo falso del axioma ese de que «quien ve leer, acabará leyendo». Y un cuerno. Creo muy difícil leer más que yo, de modo más apasionado y continuo, y ahí tienes, amigo Santiago, una señora maestra de primaria y una aspirante a graduada en ¡Filología Hispánica!, que leyeron, la mayor, la primera parte del Quijote a empujones, y la menor tiene en su haber El señor de los anillos y Juego de tronos como mayor tesoro, para mi frustración.

En cualquier caso, no creo que ellas jamás lleguen a disfrutar de sus teleseries, sus máquinas de juegos y su música estridente ni la mitad que hago yo cuando me puedo dar el gustazo de decir que esta novela, cuando llega a la mitad y hasta que acaba me trae al recuerdo a Camus, y eso no se puede copiar, no se basta con imitar: hay que ser un escritor de cojones.

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