Metáfora de las opiniones políticas de cada cual.

Prueba1Hace unos días, Paul McCartney intentó por dos veces entrar en la fiesta de un rapero, y por dos veces se le prohibió la entrada. Puesto que no entiendo mucho del tema, más allá del asco que me produce esa música (ya desde los años 70, no de ahora), pregunté a mis hijas por el fulano en cuestión. Por lo visto, es un gilipollas asqueroso.

Mucha gente se escandalizó del desplante al exBeatle, uno de los prodigios de la Música de todos los tiempos. Pero yo (incuestionable y furibundo seguidor suyo) me pregunto qué coño se le perdía a Sir Paul McCartney, autor de algunas de las mejores canciones de todos los tiempos, de talento comparable a Mozart, intentando entrar a la fiesta de un mierda como aquel.

¿Y la política española? Pues eso mismo…

De la gala carnavalera.

A mí no me gustan los carnavales por donde quiera que los considere, aunque soy respetuoso, a pesar de que otros muchos que van de tales por la vida después son los primeros que insultan aquello que sí me gusta a mí.

Históricamente, en mi entorno de finales de los Sesenta y siguientes, aquello era más bien parecido a lo que ahora es el tan denostado Halloween, a saber: grupos de mascaritas, vestidos de manera horrorosa, infundiendo miedo, pidiendo güivitus con chantaje incluido. A mi madre le llenaron una vez la casa de bolas de barro estampadas en las paredes cuando les reprochó la grosería con que habían entrado en su acera, llenándolo todo de barro. Y las fiestas que remataban el día, a base de borracheras y trompadas. Mi padre se partía el alma de risa si en el trayecto de El Masapez a San José éramos abordados por algún grupo de aquellos, que me provocaban pesadillas de semanas.

Conceptualmente, como debe resultar de un cabeza cuadrada, el Carnaval no va conmigo. Eso de disfrazarse para ser lo que no eres, para transgredir, para dejar una impresión de sudor, de sexo guarro, de olor a meados, de vahídos a alcohol, pues… a mí no me va. Y como yo respeto, hay que respetarme a mí, allá cada cual con sus gustos.

Es verdad que durante los primeros Ochenta asistí al concurso de murgas y algún pasacalles; me llamaba la atención la gala de la elección de la reina y algunos años participé, pero ni me llenó como para entusiasmar, ni lo que vino después me gusta, especialmente las murgas. Por tanto, no suelo ver la gala televisada, salvo dos excepciones: hace lo menos quince años, cuando salió una parienta de mi mujer, y la del sábado pasado, cuando salió alguien representando a Aguas de Teror, la empresa para la que trabajo. En el primer caso fue curiosidad, que no me satisfizo cuando me resultó imposible identificar a aquella mujer, estaba irreconocible.

En el caso del sábado, cuando hay alguien que representa al municipio donde vivo y más a la empresa que llega hasta allí por el aporte de mucha gente anónima entre quienes estoy, pues me permito asomar un ratito, no mucho, pero ver al menos el desfile de mi paisana. Y como debe ser, hice mi llamada y di mi voto, que a simpática y guapa no le gana así como así ninguna otra. Pero… siendo muy diplomático, hay mucho que aprender.

De nuevo, el reconocimiento de la cara de mi guapa vecina fue imposible, tras el maquillaje. Eso les pasa a todas, pero a mí no me gusta. Otra cosa que no entiendo es que salgan haciendo playback de una canción, como si en lugar de la reina se estuviera asistiendo a un escala en hi fi. La belleza de la candidata queda escondida, y eso no lo puedo entender: así como el drag queen se valora por lo feo que resulte, a la candidata la esconden detrás de kilos de pinturas.

Y el disfraz. La candidata lo hizo lo mejor que pudo: sonrió, miró siempre a la cámara correcta, tuvo una actitud desinhibida, desenfadada, como debe ser, pero… cristiano, si estaba virada para adelante, se le iba todo el garbo de la actuación. Un disfraz tiene que ser fácil de llevar, la mujer tiene que estar derecha, y si puede ser, bailar mientras lo conduce, y esta pobre parecía (con perdón) un nazareno jalando por un paso de Jueves Santo.

Que después fuera más o menos espectacular es algo secundario, aunque a mí no me gustó: buena idea de fondo pero muy sencillo por fuera, muy … seco. Además de que los colores de nuestro orgullo terorense no parecían ser los más adecuados para una noche espectacular en Santa Catalina.

En fin. Siguen sin gustarme los carnavales, pero creo una buena idea la participación, y si se tiene la humildad de aprender de los errores y mejorar, yo vuelvo a ver el año que viene, si Don Carnal me lo permite, a la candidata de Teror, sea quien sea.

Debate y escoria.

Prueba1Hace tiempo estuve colaborando en el blog de un amigo durante más de dos años escribiendo mis cosas, veces dulces, veces ácidas, a mi manera, sin una periodicidad establecida pero de modo regular. Aquellos penosos remedos de artículo daban lugar a muchas visitas, encendidos debates, opiniones favorables y desabridas, pero me dejaron el regusto de la mala educación en muchos de ellos, de la mala baba, de la sensación de que esta sociedad chabacana, grosera e impertinente se había apoderado del debate, la discrepancia elegante, e incluso de la tan despreciada pedantería, que al final resulta preferible antes que el autoritarismo latente.

Cuando me quejaba a mi amigo, éste me respondía que no dejaría de publicar opiniones más allá del Código Penal (ese compendio de leyes españolas que siempre defiende al asesino frente al asesinado; a quien insulta frente al insultado, y en general, a quien se salta la Ley antes que a quien pide su amparo) y que no podía imponer a la gente que tuviera educación y, ya puestos, que supiera escribir con un mínimo de respeto a la Ortografía.

Me llegó a salir quien se oponía porque sí, criticando hoy lo uno, mañana lo otro y al tercero lo contrario. Incluso hubo veces en las que, por dejar en evidencia su papanatismo, le llegué a aceptar su opinión contraria, me puse de su parte y también eso me lo descalificaba. Naturalmente, estimo en mucho a mi amigo, pero así no se puede estar y lo dejé. Los números dirán ─de hecho, dicen─ qué se ha ganado y perdido en el envite, más de lo segundo, al parecer.

El comportamiento asqueroso de esta sociedad de telebasura, falta de la educación mínima, acostumbrada al todo vale, a la imposición de sus opiniones, a la falta de respeto, a la justificación de todos sus atropellos, al escándalo, el chillido, el grito, ha venido a dar últimamente abandonos amargos de quienes tienen mucho que dar y que por supuesto ha venido a ser recibido como únicamente saben los cochinos: revolverse en su propia mierda.