De cuando se me reconoció como erudito.

books1No sólo fue que aprendiera a leer aquel verano de 1969 en la Escuelita de Esperanza, no bien cumplidos los cuatro años, sino que me gustaba leer de manera exagerada, y allá donde iba buscaba de inmediato en los bajos de las mesas de los recibidores alguna revista que echarme a los ojos y saciar aquella sed inexplicable, y si había mueble en la sala solía ser habitual que hubiera una enciclopedia Larousse de siete tomos, roja o verde, que para mí era llegar al paroxismo.

De aquella manera me resultaron extrañas a edad precoz tanto las protestas de fidelidad de Sofía Loren como la supuesta neutralidad de una enciclopedia que empezaba hablando de todas las religiones y acababa con nuestro Señor Jesucristo.

Pronto se hizo fama mi proceder, a más que era una época en la que se extendió el tener alguna revista en las salas y el uso de la famosa enciclopedia como adorno de aquellos muebles que se pusieron de moda, mitad estanterías, mitad aparadores. Fue un tiempo en el que contrajo matrimonio toda la generación de mis padres, diez años arriba o abajo, y se tenía la costumbre de hacer visita al nacer el primer hijo. El matrimonio anfitrión recibía en su sala recién estrenada, proponía brindis de bebidas (¿quién no recuerda Marie Brizad, Perfect Amour, Martini…) y algún enyesque. Y cumpliendo un extraño ritual, yo trataba de picar un cacho de salchichón y me llevaba el primer Sergio, no seas descorto, pronunciado por mi madre con su más fino acento, que habría resultado dulce si no fuera porque iba acompañado de un pellizcón en el antebrazo que sólo quien se ha llevado uno es capaz de comprender. Después venía el momento de enfrascarme en lo que hubiera para leer, que además del pellizcón y la admonición fue más de una vez acompañado por la sorpresa de los anfitriones, que aconsejaban a mi madre que me corrigiera ese problema del leer, que cualquiera sabe dónde acaban esas cosas. La corrección consistía en una bronca pertinaz al regreso a casa, las horas que hiciera falta hasta dormir y un par de días más tarde. Mi madre no paraba de clamar al Cielo su mala suerte, pero en el momento de la visita sacaba su otra frase para todo cuando algo mío no le cuadraba: “Es que el niño tiene la cabeza cuadrada”, su indiscutible disculpa.

Una vez se casó un primo hermano de mi madre y cuando nació su primer hijo, allá que le fuimos a hacer la visita. Yo tenía lo menos diez años entonces, mi padre ya tenía coche, y al llegar a aquella casa me sorprendió lo bonita que era la sala, la madera, el tallado, la tela, los adornos que aquella mujer tenía… Me quedé mirando como un papanatas todo aquello, y en esto que la dueña de la casa, con visible cara de apuro, va y me dice: “Sergio, ¿no te gusta ningún libro de los míos? Dicen que siempre que vas a una casa lees y aquí no te veo prestar atención a nada…”

¡Boh! Al instante estaba mi señora madre con su bronca y su pellizcón, colorada de la vergüenza y sofocada: “¡Sergio, no seas descorto y hojea algún libro, malcriao!”

Aquel 20 de noviembre…

adan del castillo5Me levanté a las seis de la mañana para ir al colegio, era miércoles, y teníamos que estar en la parada a las siete menos cuarto, cumpliendo aquella injusticia de ser los primeros niños en salir y los últimos en llegar a las casas, allá cerca de las seis de la tarde. Maquinalmente, puse la radio en marcha, aquel aparato Phillips que me conectaba con Radio Nacional de España para escuchar el Diario Hablado, el parte de las seis, que repetía monótono el parte firmado por el equipo médico habitual, donde se hablaba de peritonitis, estado estable dentro de la gravedad, de aquel abuelete lejano que unos decían que se moría y otros que quizá Dios lo salvaba. Fuimos a varias misas en diversas parroquias, oficiadas por la salud del Caudillo, que en los partes, empero, era siempre llamado Su excelencia el Jefe del Estado. En Tamaraceite, un hereje se atrevió a decir que era una inutilidad, que a ese ya no lo salvaba ni Dios, para asombro y agitación de mi madre.

Aquella mañana no hubo parte, sino que se venía hablando desde antes cuando yo encendí la radio. «Ya se murió», fue lo que dije a viva voz, cosa recriminada de inmediato por mi madre, y por una vez hasta mi padre se acercó a escuchar la radio. Todo se puso gris: mis padres, los chiquillos de San José del Álamo, que ya llegaron aleccionados a la parada, el chófer… El miedo se apoderó de todo mi entorno.

En el Adán del Castillo no se abrieron las puertas hasta las ocho de la mañana, como todos los días. Hacía un frío del diablo, nosotros estábamos allí desde las siete y poco, tirados en la calle, pero Manolito no se dio las vueltas habituales en su bicicleta de curas por el patio vacío y su perro corriendo suelto, inmisericorde, mientras nosotros, del más viejo al más chico, a veces, nos enchumbábamos de agua, y otras, como aquel día, nos congelábamos de frío.

Pasamos al patio, a cobijarnos debajo del saliente del comedor, o a correr, pero ese día, Manolito nos advirtió de que no se podía jugar, ni gritar, ni «armar escandalera». Sonó la sirena y fuimos a formar, a la fila, pero no hubo la habitual técnica de disciplina paramilitar. Los maestros estaban nerviosos, serios, cuchicheaban. Al final, salió el Cabo al patio, sin bata, y se reunió con todos los tutores. La mía, la señorita Míriam se nos dirigió. Nos comunicó oficialmente que se había muerto Franco, que las clases quedaban suspendidas hasta el lunes, que nos teníamos que marchar a casa, esperando las guaguas, en orden y sin gritar. Nada de gritos ni de juegos. Alguno se llevó un caponazo cuando soltó un berrido de contento, en otras filas.

Días de luto, banderas a media asta, música clásica y noticias, fotos de Franco por todos lados, ambiente de las semanas santas de antes, televisión de documentales, música militar y retransmisión en directo de todos los actos que ahora forman parte de los documentales de la época, y que vi en el televisor de mi abuela.

El domingo 24, una vez acabados los funerales, sobre las dos y media, de golpe, la tele puso Heidi y yo volví a mi rutina. No tenía constancia, ni mucho menos, de que acababa de ver días históricos, que nadie me  tiene que volver a contar ahora.