Stephen Hawkings en Teror.

Virgen del PinoEl sábado por la mañana, por un tris no llegué a ver nada menos que a Stephen Hawkings paseando por Teror, lo que para mí habría sido ver a una de las mayores autoridades de todos los tiempos, puesto que ambos creemos en la Teoría del Todo, con la nada sutil diferencia de que él es quien es, y yo un Platero sin poesía.

Como es de esperar, los primeros espadas municipales no tardaron en reflejarlo en sus muros de Facebook, cosa que me parece normal. No todos los días se tiene paseando por el casco histórico municipal a alguien de semejante relevancia, por lo demás muy lejana de la estúpida importancia de políticos y gerifaltes de todo jaez que suelen ser nuestros habituales visitantes. Lo que no sé es cómo se habrá sentido encima de una silla de ruedas al desplazarse en el insufrible empedrado de los alrededores de la basílica, con toda esa aparamenta electrónica que lleva siempre consigo. Le habrá temblado hasta el sintetizador de voz.

Lo que me produjo congoja fue la reacción de los segundos espadas, los marujos esquineros del pueblo terorense, esos que son los que siempre salen en las entrevistas de la televisión y las fotos de los periódicos, esos que nos dejan casi siempre a nivel del culo para abajo, esos que se apuran a comentar allí donde se les deja. El nivelazo ha ido desde el «gracias al nuevo gobierno municipal nos visitan hasta estas figuras» hasta el habitual «la Virgen del Pino ha vuelto a recibir una visita digna de su empaque», y demás ñoñerías tan de aquí.

Qué nos importará a nosotros la Ciencia, el Futuro, el Conocimiento y el Saber si ya tenemos, año por año, el aniversario de algo, la expectación por el manto anual de la Virgen, el cartel ganador, el sorteo de las carretas, la evocación de la visita de Unamuno y todo aquello que nos une, aunque sea caminando siempre para atrás. Que también es caminar, oye, te dirá un defensor de las tradiciones así entendidas.

Correctio fraterna.


books1Hace unos días, Emilio González Déniz llamó Carlos “V” a quien en realidad es “I”, en uno de sus artículos, dando por bueno una vez más un error al que estamos tan acostumbrados que ni nos llama la atención. Levanté el dedito ─con la palma hacia afuera, oiga, que uno no es malcriado─ para corregir el inadmisible error. Y en la exposición de mi tesis correctora, fui a poner a Carlos I nada menos que como padre de Carlos II, en lugar de antecesor, que era mi intención verdadera, y con lo que me comí de un tajo toda la línea de los Austrias, desde el primero, que sí era “V” de Alemania, hasta el último, aquel Hechizado, que otra cosa no sé, pero era feo de cojones.

Emilio, haciendo uso ladino, sibilino, fino y supino de su saber enseñar, me ofreció el trato de no pelearnos y dejar la cosa en un cambio de nombres, a la vez que me arreaba el merecido cachetón, por pedante, tiquismiquis y cogérmela con el más fino papel de fumar. Pero no le acepté el trato. No peleamos, simplemente reconocí mi fallo y agradecí la corrección.

Eso me dio pie a pensar ─siempre digo que esta gente es muy mala influencia─ en que esta sociedad actual es mediocre porque no acepta que nadie le corrija. Si se te ocurre decirle a alguien hoy en día cómo se escribe una palabra, cuál fue tal o cual rey, de dónde viene esta expresión, o sitúas algún hecho ahora aborrecible en el contexto original, no esperes que te lo agradezca. Lo normal será, primero, un comentario borde, desabrido; segundo, la defensa a ultranza de lo que quiera que piense el otro, imponiéndola como si es a marronazos; tercero, el insulto que te llevas, que resultará más o menos suave dependiendo de su conveniencia, sin descartar que, antes o después, te mande al coño de tu madre.

Así nos va.

Yo no soy culpable.

Foto de perfilA raíz de la publicación de la foto de un niño sirio muerto a la orilla del mar, este mundo cada vez más dominado por el efecto inmediato de Internet, ha reaccionado con histeria, y con los modos habituales del amargamiento con que se trata de culpar a gente inocente, como yo, de que estas cosas ocurran.

Todas las culpas son mías, de Europa, de nuestra sociedad. Somos unos mamones que hemos maltratado a África, y el largo etcétera con el que los amargados me echan la culpa de todo.

A saber.

Yo no tengo la culpa de que en Latinoamérica y en África se hayan sucedido las dictaduras.

Si fuera por mí, hace lo menos tres años que una fuerza militar terrestre habría invadido Siria.

Pero, si hay algo que a determinadas gentes les horroriza es Europa, Occidente… De suyo, lo único bueno que ha ocurrido bueno en el mundo son las revoluciones comunistas, mira qué ejemplo.

Otros andan permanentemente reclamando mundos justos, pero utópicos. Ya quisiera yo que el mundo fuera mejor, pero este que tenemos no es el peor que hemos conocido. Las guerras, el hambre, las necesidades, las injusticias, no son patrimonio de la actualidad.

Y yo no soy el culpable. Voy a seguir viviendo mi vida lo mejor o peor que pueda; voy a seguir soñando con mis músicas, con mis fechas… Bien es verdad que llevo ya unos años midiendo muy bien a quién le deseo y a quién no un feliz año nuevo. No, desde luego, a quienes no son capaces de buscar la felicidad ni vivir jamás un tiempo nuevo, siempre estancados en su amargura. A quienes a un buen deseo responden con modos desabridos, groseros. Ellos, que todas las culpan me echan a mí y son los primeros que ponen problemas al desarrollo humano.

Que les den.