De cuando mi padre fue a cambar un hierro.

Poco a poco voy dejando atrás la pena por la ausencia de mi padre y la voy sustituyendo por la alegría de haber vivido con él lo que me tocó, que es como debe ser. A veces en los malos recuerdos, a veces, como esta vez, en los momentos más graciosos que haya vivido.

Fue hace veinte años, un sábado por la mañana que me encontré a mi padre preparando una obra casera y se disponía a cambar un hierro de diámetro gordo, ponga usted que del dieciocho más o menos, para lo que me requirió ayuda. Al ver que no disponíamos de herramienta adecuada yo propuse aplazar aquel trabajo, pero él se buscó un tubo galvanizado, de una pulgada de ancho y dos metros de largo, y se aprestó a doblar el hierro. A mis protestas de que aquello era peligroso e inútil, él respondió dándome un empellón y soltándome una bronca por cobarde y malamañado.

Se coloca el hombre sobre el hierro tumbado en el suelo, inserta el tubo en un extremo, afirma el pie derecho sobre el hierro, jala para atrás del tubo con aquellas fuerzas sobrehumanas que tenía mientras yo trataba a grito pelado de que parara, y pasó lo que tenía que pasar: el tubo cedió, se deshizo al contacto con el hierro, y la parte de arriba se fue contra la cabeza de mi padre con una violencia tal que el campanazo se oyó de Zarandilla, el esperrío llegó lo menos al Ebro, y mientras yo compungido como estaba, me revolcaba de risa en el suelo, él salió como un volador a meter la cabeza en un bidón de agua que tenía allí cerca, aullando aquello de «¡Ay, madrita mía del alma!» de las grandes ocasiones.

A la vuelta de un rato, apenas había recuperado yo el resuello, asoma el hombre, chorreando la cabeza todavía, se queda mirando al hierro y va y dice:

«La caguemos».

Mis primeras nociones de mecánica.

seat133Allá por los últimos años de mi convivencia en San José del Álamo, cuando tuve la suerte de conocer y tratar a don Vicente Hernández Jiménez; cuando los pollos del barrio salíamos como escopetas en cuanto Pepucho se bajaba del coche (fue memorable la vez que dejamos tirado a Pepe el de Tita, que no podía correr porque tenía un yeso y primero nos dijo de todo en aquella hora y después estuvo dos meses sin hablarnos), teníamos también una de esas familias de pabajo con chalet de fin de semana, mucho desdén, muy fastiosos ellos, superiores al resto, conocidos como Los Largos, porque la más pequeña era la mamá, con un metro noventa.

Lo insólito era que se solían desplazar en un 133, y era cosa de verse aquellas cuatro personas apretadas como sardinas en lata dentro de aquel fotingo, con su orgullo, su desprecio y su altivez. Una tarde llega ese coche virando la curva de Bernardita para arriba con un escándalo descomunal, y en esto que alcanza la tienda de Juanita y se oye una explosión y pega a salir una jumacera blanca tal que no se atinaba a ver la entrada de La Montañetilla desde nosotros estábamos, en los escalones de Inés.

Vira el coche para la calle de Blas y se para, fuera de nuestra vista, cuando en esto se oye, estentórea, la voz del más viejo de los hijos, el que estudiaba para arquitecto y medía 2,05 si tenía puestas las zapatillas, orgullo de papá, ternura de mamá, envidia del hermano, pozo de sabiduría él:

«¿No te lo dije? ¡Er coche tiene argo!»