Ya leí a Proust.

Foto de perfilAcabando 2013, cada periódico que se preciara se dispuso a publicar algún trabajo relativo al centenario del lanzamiento de ‘En busca del tiempo perdido’, de Marcel Proust, para lo que cada cual dispuso de lo mejor de su casa, con lo que algunos periódicos, dedicados casi en exclusiva a la cosa de su interés político, no publicaron ni una línea. En otros, en cambio, el despliegue fue colosal, y en sus páginas se publicaron articulillos de ninguna enjundia, redactados meramente para cobrar, pasando por obras doctas que irradiaban Cultura y yendo a parar al mentecato que desea pillar un gripazo con el que poder dedicarse una semana a leer la obra entera, con lo que además de publicar que es un cretino, se cree en serio que todos los lectores son gilipollas.

Proust, Cervantes, los grandes rusos o Dante, son aquellos de quienes todo el mundo habla, de quienes se explayan los artículos y se imparte doxología, pero que generalmente apenas tienen una pasada, cuatro notas, alguna referencia o resumen barato, mejor ahora que tenemos Internet. Y con qué alegría te desautoriza cualquier mamarracho, especialmente de esos que se dedicaron a tirarle piedras a los grises, en La Laguna o similares, por hacer la gamberrada y andan ahora presumiendo de señorío; licenciados de churro y a veces con ayudas de papá; conferenciantes de asadero; catedráticos del gandulismo; doctores de la amargura; culos cuadrados de la subvención y del mamoneo.

A la Soledad, en el barranco, en las noches oscuras y frías, desde la mísera y gris existencia que llevo como puedo, le miro la cara otra vez, le guiño un ojo y le sonrío: Yo sí leí a Proust. Enterito, durante un año y apoquinando los más de ciento treinta euracos que me salió la broma. Yo sí sé qué conclusión sacar…

¡Le doy mi más sentido pésame!

En una de las horas más amargas de mi vida, y a causa de los estragos de la estulticia, tuve que desviarme de la trayectoria que llevaba conduciendo mi coche desde el tanatorio hasta la Plaza del Pino, para dar un enorme rodeo y sortear las obras de la Calle de Atrás y aparcar delante de ‘Bankia’, mientras el coche fúnebre con el cadáver de mi padre se dirigía recto a la puerta de la iglesia.

O me bajo del coche en el Muro Nuevo y hago cortejo, o me despego, en esa hora suprema, de acompañar a mi padre en su último viaje, so pena de ser multado por la policía. Mientras la indignación me atenaza el habla, doy el permiso para abrir el portón trasero del coche, y con una señal, don Manuel me indique cuándo procedemos a entrar en el templo. Es habitual que se dé el pésame en esos momentos, pero la cantidad de gente que se me abalanzó me desbordó y apenas di abasto. Un policía se me cuadró delante, y con saludo marcial me dio el pésame de la corporación. Y entre manos y colonias, besos, abrazos, roces de ropas no habituales y frases rituales, se hizo notar la estentórea voz de un concejal que me daba, a voz en grito, su más sentido pésame, de usted y corbata, cuando en esto me ve, pone los ojos como platos y pregunta: «¡Ah!, ¿eras tú?»

Dos años más tarde, por arte de náusea, y con la Ley en la mano, ese elemento puede ser mi ‘arcarde’…