Tino Torón, inconmensurable.

Tino Torón museoSiempre que paso por Tenoya me hago la misma pregunta: ¿Qué quiere decir ese ojo que ve, pero que no mira, que está abierto, pero no se dirige en dirección alguna, que capta pero que nada transmite?

Bajábamos al museo, como Dante acompañado por Virgilio en busca del Saber, cualquiera fuese su origen, y se hizo presente el olor a la madera, el claroscuro de las imágenes, la obra. Obra de un artista, pues tal es quien convierte en arte todo aquello que los demás vemos hecho, que damos por hecho. Y enseguida di con la respuesta a mi pregunta.

En el museo hay un repaso genérico a toda la obra, reducido espacio para tan grande dedicación, para tan colosal resultado. El artista lo es porque siempre tiene su interpretación, mire lo que mire. No es extraño, entonces, ver reunidas en aquel espacio que se antoja diminuto para tanta creación, visiones en pintura, en escultura, en fotografía. Porque eso son, visiones de quien algo ha captado y lo expone.

Me sobrecoge aquella urna que contiene obra poética a la que no soy muy aplicado, pero algo debe tener en cuanto es capaz de atraer mi atención. Me admira no tanto la colección de cámaras fotográfica, vulgares objetos de técnica sistemática sin carácter alguno, cuanto el saber el uso que todas ellas han tenido, el rendimiento ofrecido. Me llama la atención la doble visión de la escultura, una de frente, otra de perfil; esa escultura en piedra o madera que continúa la obra de la Naturaleza y la prolonga en rostros, en máscaras, en manos, cuántas manos, qué manos, qué reales…

Y mi respuesta estaba allí, en aquella esquina, mientras me asombra ver cómo se puede sacar partido a los caprichos naturales y llevarlos a la mente humana sin degradación, ese es el mérito de Tino, no haber roto la cadena de sensaciones que se ofrece en el material original hasta la contemplación de la obra. Y pinta, Tino pinta, qué será aquella expresión que no haya probado. Vuelve a deformar el mínimo de un paisaje para abarcarlo en un cuadro y que un espectador abstraído lo contemple tal como el autor lo haya visto.

Me di cuenta tan pronto llegué. Allí estaba la cara de la madre de Jesús Arencibia, esa cara que cualquier observador de la obra del grandísimo maestro tamaraceitero no va a olvidar desde que la vea. Tino, fiel a su estilo, transcribió la cara en un cuadro de relieve, tallado en madera, pero la dimensionó en un paisaje que se ve después, se ve si te fijas, se aprecia si te quieres fijar, si no, te quedas con lo elemental y te vas. Pero ahí radica la esencia de la obra de este escultor no del todo reconocido en tan grande obra: Después de ver lo primero, lo que salta a la vista, te has parado, te has fijado en lo que está detrás y resulta que está delante, que es más importante, que ni te acuerdas de aquella cara inicial, porque te has concentrado en aquel otro paisaje.

Esa es la respuesta a mi pregunta. El ojo es el tuyo, la mirada es la tuya, la visión es la que tú seleccionas, tu mente sabrá qué es lo que estabas mirando.

Transmitir Conocimiento es obra de artistas. Y Tino Torón es un perfecto transmisor de cuanto conoce.

Lecturas de enero.

books1Del cargamento de los Reyes Magos ya no queda ni el recuerdo. Se acabó a principios de mes “La prisionera”, de Proust, y por ahora me tomo un respiro antes de abordar los dos tomos (tochos, pero menos) que me quedan. Mientras, me pregunto otra vez por qué no me gusta la Poesía, igual algo leo, me doy una vuelta por Cano y me llevo el ‘Mariposas…’ de Emilio González Déniz.

Además de mi número anual de ‘Mortadelo’, imprescindible para el buen leer, me eché al coleto dos de Camilleri, ya lo dije, y alguna pelea con el Existencialismo, repasando algún comentario a Kierkegaard y Sartre.

Pero la noticia mundial fue que al fin he podido terminar “Requiem habanero por Fidel”, de J. J. Armas Marcelo, libro este que se me atragantó lo menos cuatro veces. En una ocasión le dije a Emilio que me pareció un truño, pero lo retomé, básicamente porque sería tirar veinte ebros, y eso puede pasar una vez con Julia Navarro, pero un pobre no puede permitirse más veces semejante dispendio.

Sorpresa total que me ocurra algo así con uno de los tres autores influyentes en mi pensamiento. Nunca había leído la trilogía cubana, pero se me atascó cosa buena un libro que no camina, una interminable perorata que a lo máximo que llega es a demostrar el enorme conocimiento que el autor tiene del dialecto cubano y la historia de la Revolución. Recuerdo libros de Cabrera Infante, de Zoé Valdés, y doy con el problema:

Vale que el argumento del libro sea Cuba, la Revolución, Fidel, y sétera, pero… yo no soy cubano, don Juancho. Ahí estuvo la vaina, chico.