¡Piticlín, piticlín!

Bigote ArrocetEn mi generación, la evocación de aquellos años en los que nacimos, vivimos nuestra niñez y adolescencia, que van desde los sesenta a los ochenta, produce siempre una opinión extrema: o los odias porque los consideras cutres, casposos, esclavos de una dictadura sin libertad y etcéteras, o te pones, en el colmo de lo irónico, a insultar cualquier tiempo posterior, usando Internet para burlarte de que no la tuvimos.

Me he puesto a zigzaguear en mis recuerdos, y encuentro que todo era auténtico cuando yo era chico: cómo no evocar tiempos de vigor físico, de ilusión, de despreocupación. Y no recordar con ternura aquellas familias que se iban formando, aquellas presencias que ahora añoramos. Aquellas Navidades, por ejemplo, que eran de verdad, mucho mejores que las de mis antepasados, y verdaderas, no como ahora, sin sustancia y sin sentido. Éramos libres, porque sin conciencia de peleas a muerte entre los mayores, nosotros hacíamos y pensábamos como queríamos.

Pero también era auténtica aquella Semana Santa de duelo, de parón, de procesiones obligatorias, sermones y amenazas. Echo de menos los paisajes y los años de lluvia, pero no quiero ni acordarme de falta de infraestructuras, de caminar para llegar a cualquier parte; de mirarte bien por si las garrapatas; de mojarte cuando llovía por el camino, o de asarte de calor; de perder el tiempo en viajes interminables. Qué decir de apuros económicos, de desconsuelos, de comer leche de cabra tres veces al día y el almuerzo con coles de orilla. Hasta que tuve nueve años no llegó el primer coche a casa; hasta los catorce, molestando vecinos para ver la televisión; no teníamos agua sino alguna vez y desde los siete años en adelante; mi madre iba a lavar a lugares dispares; la nevera no llegó hasta el 79… Eso por no mirarte al espejo cuando alguien recuerda con cariño que hayas sido educado con una correa o a base de zapatilla. Si tanto te gustaba, me pregunto por qué no lo has hecho con tus hijos, que son los groseros malcriados de los que tanto te quejas, no vaya alguien a pensar que estas mierdas de leyes que han endiosado niños, acabado con la enseñanza, instalado el egoísmo y el hedonismo, terminado con valores que no sean meramente materiales se las inventaron gentes que no fuéramos nosotros mismos.

En esto, dos noticias frívolas han producido la iracundia, una vez más, de mi generación. ‘Bigote’ Arrocet y María Teresa Campos se han enrollado. Y eso ha dado lugar al insulto genérico de aquellos tiempos, que según ese lado de la trinchera deberían borrarse. No me parece a mí para tanto. Hoy en día no me hacen gracia aquellos chistes, pero me gusta ver alguna vez uno de esos programas de recuerdo de la tele en blanco y negro, bien que es verdad que cuando ya aparecía en color, de aquel ‘Un, dos, tres…’ me vengo a acordar (ni sé por qué, oiga) de la intervención de Sabrina Salerno. Cada cosa tiene su tiempo, algunas perduraron, como ‘Tip y Coll’, otras fueron pasajeras, pero tildar de casposo y cutre cualquier evocación de los años setenta es excesivo, especialmente porque tienen mucho de qué aprender hoy quienes tanto insultan ese tiempo.

Pero coño, haber visto tan sólo los anuncios de ‘Sábado Sensacional’ (no me atreví a ver semejante engendro) es el otro lado de la tortilla. Joder, que no éramos tan horteras, tan cutres, tan casposos, tan pesados, tan indigestos, coño… Por lo menos, trajimos la Democracia, la convivencia, el respeto… y a José Luis Moreno y su cuadra.