De una Fiesta de La Milagrosa.

Milagrosa salvando barrancosMi pariente y yo pasiábamos en medio de aquel bullicio que ya no se ve en las calles de La Milagrosa una tarde, cayendo ya la noche, de la semana de la Fiesta, recién acabada la misa del novenario, la iglesia abierta, luces de guirnaldas, algunas de colorines, un calor propio de la estación, en lo que se esperaba por una actuación en la plaza. Siendo feos y pobres, andábamos, sin embargo, sin atorrar la cabeza y las manos a los bolsillos, mirando de fuera las cantinas y bares, mientras los demás se pavoneaban con sus jembras o gastaban sus dinerales en el bar de Santiago el de Doroteíta, cuando de la antigua tienda de Santos Martel, abierta esos días para el copeteo, uno saludó a mi pariente, un conocido suyo que venía siendo de San Lorenzo, que nos invitó a un pizco, y como pa negarse.

Todo cuanto había en La Milagrosa resultaba de menos categoría y digno de crítica para el amigo y un par de colegas que estaban con él, siempre con San Lorenzo como bandera. Fuerte birria de iglesia, a eso le llaman Calvario, vaya fiesta más sosa, ¡oh!, cuando saqué la caja de ‘Coronas’ para invitar hasta me lo despreció, vaya porquerías que fuman en estos andurriales. Allí fue cuando la cara de García de mi pariente se encendió como una farola y pegó a proponer al trío de finolis un chocolate como el que ellos no habían visto nunca, caro como el diablo, pero insuperable, traído del África por un conocido suyo legionario que se dedicaba a eso y que había saludado antes y a lo mejor entovía no se había marchado.

Después de los piques y enrolles que vinieron para engoar, nos vimos mi pariente y yo en el camino que había por debajo del club hacia Las Camellas, escogiendo las más secas y oscuras cagarrutas de conejo que por allí se diseminaban en cantidades. Las majamos bien, las echamos en una bolsa y nos fuimos a la iglesia, entrando por la sacristía a dar a tener con unos tarros de aceite para velas a los que les quitamos una poca y en un porta velas a modo de vaso mezclamos algo de aceite y la molienda hasta lograr una masa compacta y del tamaño de la tapa de un bolígrafo, negruzca y aceitosa. Salimos por la puerta principal en busca de los expertos y explicamos que eso era lo último que le quedaba, que lo cogimos a tiempo porque iba zumbando pa Piletas y que aquello eran mil pesetas bien empleadas.

Nos lo quitaron de las manos, nos dieron las mil pesetas y salieron para el camino de La Higuerilla una media hora, al cabo de la cual llegaron a la plaza con un colocón tal que casi no nos reconocen, fuertes risas, hermanos, de banda y banda, y saliendo de la Milagrosa como pudieron.

Nosotros nos fuimos a celebrar la venta al bar de Benjamín, y cuando el John Haig iba llegando a nivel de reboso, me entra la vena filosófica y le digo a mi pariente:

«Goyo, nosotros no haremos ná con los conejos, pero con las cagarrutas no hay quién nos gane.»