De cuando se le encasquilló el arma a mi hermano.

alicatesLa cantarina voz de mi madre entonando mi nombre nos recordó que se acabó el juego del escondite y de repente nos dimos cuenta de que la noche se nos había echado encima. Cada una tenía su estilo, más grave, más agudo, para llamarnos, y la mía empezaba un tranquilo y prolongado subir de la e que terminaba echando pa fuera todo el aire de los pulmones en un agudo desesperado chillando la o, lo cual me hizo siempre ser solidario con la pobre i que apenas se pronunciaba de pasada. Nunca consiguió mi madre, a pesar de sus letanías, suculunes y sermones de toda especie, que mis respuestas no fueran tan delicadas como las de Maruza, quien contestaba a Barbarita con un “¡Señora!”, que a mí me parecía cosa de mujeres y niñatos mimosos; yo le soltaba un “¡qué quieres!” más desagradable que la leche de pita.
En el regreso, paramos a nuestras cosas ante el muro del solar de la iglesia, pero mi hermano se retrasaba. “Que se me trabó la cuca”, dijo. Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos que pocas veces en la vida me he reído tanto. Al oscuro era imposible arreglar el problema y emprendimos el regreso amparados en que no había luz alguna, como mucho dentro de algunas casas apenas se veía el vago ondular de una luz de gas, de una vela o quinqué; ya era más cerca de la mía donde había algún bombillo alimentado por motores. No quiero ni pensar cómo habría sido en la actualidad, toda la carretera iluminada, el tráfico continuo, la gente que siempre hay, y mi hermano presentando armas todo el trayecto.
Mi padre no había llegado del trabajo, turno de tarde con los Betancores, y mi madre no se vio capaz de arreglar el problema. Pedimos socorro. Dionisita ya se había mudado para su casa, había sido siempre nuestro primer recurso, pero acudimos a la de Paco, que trabajaba montando grúas en el sur y era un hombre muy aparente y con muchas herramientas. Él era el encargado de traer y mantener el motor de la fiesta, él hacía y colocaba las guirnaldas y fue cosa propia acudir a su garaje, porque al fin allí se congregó casi la misma cantidad de gente que para la fiesta, todo el mundo alrededor de la chivichanga de mi atribulado hermano.
Todo el que pasaba daba una opinión, Blasillo dijo de partir la cremallera con una cizalla, pero se desechó por el riesgo de equivocación y posible desgracia; Paco hizo algún intento, pero no se encontraron alicates muy finos; Carmelito habló de dar un tirón, que mi hermano contestó de forma pelillo grosera; las mujeres no encontraban modos por falta de práctica en esos casos; cualquier intento era siempre seguido por un esperrío de mi hermano que se escuchaba en Zarandilla y se fracasaba. Hasta que llegó Antonio, que tenía un BMW verde, y se llevaron a mi hermano a la casa de socorro y parece que el problema se arregló, no sin algún esperrío más, pero sin consecuencias posteriores. Dicen.
Hay más allá, en el Barrio del Pino, en casa de Pepe Tomás y Trini, se presenta uno de los chiquillos con el mismo problema, aunque más fácil de arreglar. Y cuando le dijo al padre, con sus tres añillos: “Me duele la cuca”, yo me fui sin querer a aquellos años de San José del Álamo…