El mimoso.

ositoCuando yo era chico, teníamos con nosotros también a una de las figuras que nunca fallan en cualquier evocación del recuerdo de cada cual: el mimoso, aquel niñato irascible, histriónico, narcisista y egoísta en grado superlativo. Rara era la vez que no terminaba su estancia con los demás marchándose a su casa de pronto, contraído por la explosión de su mal humor si había resultado contrariado en cualquier aspecto de su pretendida dictadura.

¡Ya no me ajunto!, era la sentencia inapelable con las que nos castigaba desde su divina justicia, cual si de repente el mismísimo Calígula se hubiera encarnado en el cuerpecillo de aquel niñato finolis y arrogante. Ya en su casa, escudado en su fortín, se dedicaba a insultar a grito pelado, a escupir y hasta apredrear a cuanto chiquillo se le pusiera a la vista.

Cuando al día siguiente volvía con los demás, como si allí no hubiera pasado nada, ya no lo queríamos con nosotros, y allí era cuando llegaba su mamá y nos recriminaba nuestro comportamiento, más bien nos inculpaba los actos de su hijo pluscuamperfecto, inocente y educado. Y nos obligaba a readmitirlo, so pena de ir con el cuento a nuestras madres, que visto el cuento sería invento suyo y leña nuestra.

Así pasaron un par de años y fuimos creciendo, menos aquel; las amenazas de aquella mamá ya no nos hacían efecto, y su hijo se quedó apartado de los demás, al punto de que nos hicimos mayores, apencamos con la suerte que nos tocó y nadie se acuerda ahora de aquel machango, salvo que lo veas de relance, como me pasó a mí esta semana.

Salió a gritos de un local, zapatos brillantes, ropa cara, jalando chopas del esnifar, gesto altanero, dignidad ofendida, se gira y grita, despectivo, un “¡ahí te vas a quedar!” que recibió respuesta agria, áspera, mientras el “chuac, chuac” de las alarmas caras le abría el biplaza caro aparcado en doble fila: “¡Vete a la mierda y no vuelvas más!”

Debajo de un arbolillo de aquel pretendido bulevar, al lado mismo, yo sentenciaba divertido que todos somos hijos de madre, pero algunos lo serán siempre de mamá.

¿Se habrá divorciado la Virgen del Pino?

Virgen del PinoSegún se informa a bombo y platillo desde el consistorio terorense, la Virgen del Pino “bajará” a Las Palmas de Gran Canaria por el “camino viejo” por motivos de seguridad. Y como yo soy ansina, enseguida me pongo a razonar de aquella manera y me hago preguntas de mucho abolengo y tronío:

¿El camino verdadero de los vaivenes de ese icono no era por San José del Álamo?

¿Se puede saber cuáles son los “motivos de seguridad” por los que ya no se puede recorrer la VERDADERA ruta de aquellas peregrinaciones? ¿Qué pasa, que la gente ya no soporta subir de Miraflor Alto al Cruce de Lo Blanco? ¿Exceso de sudoración? ¿Se rompen los zapatitos de cienes de euros de la gente ricachona que acude en primeras filas, sólo en estos casos?

Lo más indignante: ¿Hay que esperar a que alguien lleve (me parece increíble que en estos tiempos se le siga dando trato de ser vivo a una estatua: La Virgen “bajará”) a esa imagen para que asfalten una carretera?

¿No se edificó según consta en el oportuno libro de fábrica al respecto, en 1677, una “hermita dedicada al Señor San Joseph”? ¿No se aclaraba (que me corrija gente de mayor ringorrango) que “la dicha hermita se favrica en onor a su castissimo esposo”?

De donde yo, ruin donde los haya ruines, sólo puedo entender que la Virgen está divorciada; que José no era tan casto, porque chiquillos cada uno tiene el suyo; y que para este Cabildo, yo me quedo con don Manuel, el cura,  que al final me consigue más cosas en una caminata que estos inútiles todo el día corriendo.

Ya vienen los Reyes.

20111213162649-reyes-magosEl tiempo comienza para mí, hace cerca de cincuenta años, una mañana sin apenas amanecer, un turbio despertar zarandeado por mi padre, gritando él como un poseso que me levantara, que ya vinieron los Reyes. Su rostro pintaba una alegría visceral, algo que yo no podía entender, pero aquel no era mi padre, no tenía tino ni conocimiento, era un niño grande, de fuerzas descomunales que me levantó como a una pluma y me llevó al zaguán dando gritos.

Tengo recuerdos anteriores, claro, pero son fogonazos estereotipados en mi memoria. Aquella mañana es el comienzo de mi historia, aquel zaguán lleno de juguetes, de regalos, que en esos tiempos sólo eran para los niños. Así empecé a recordar el acontecer desde entonces, con regalos, con alegría, con mi padre siempre ilusionado con ese día hasta el último que le tocó vivir.

Mi padre me enseñó la alegría de estas Fiestas, a ser niño el Día de Reyes. Y sigo recordando aquellos años, tanto como sintiendo esa extraña sensación de nervios, de intriga. Pero me pasa algo raro, algún problema de vista debo añadir a los habituales: Cada vez que levanto la vista a lo infinito se me aparecen los Reyes, como siempre, sólo que esta vez, ustedes no se lo van a creer, son cuatro.