Aniversario fatal.

Otoño.jpgAyer tocó acudir un rato a tratar de llevar un pizquito de consuelo, un dedal de cariño, un cuanto nada de ternura a aquellos ojitos que una vez se abrieron en El Masapez, con formas de Los Caideros y Los Corrales y que desde hacía medio siglo se cerraban cada veintidós de noviembre con su compañero al lado, para despertar ahora en el horror de la ausencia y la soledad.

Y con aquel mismo cariño, aquella ternura con la que yo fui tratado cuando no me valía, mi consuelo se hizo compaña, rezo del rosario, habla canaria que ahora disfruto con mi madre y que ya no puedo hacer con mis hijas, por la simple razón de que no me entenderían.

La evocación, las anécdotas, el ir y venir en los años, de los cuarenta hasta este año fatal; del hay más allá, pasando por antes y más antes, hasta el principio del mundo. Y la discusión, el desacuerdo, el ajuste de cuentas con sucedidos de los años setenta, se mezclaron con la que fue, confesadamente, la única risa en dos días de mi señora madre.

Al final me llegó la sentencia inapelable: “Tú lo que sos, a más de inorante y bruto, es un cuento risa, Sergio.”

En esto fue cuando mi padre venía de la nevera con el tarro de la leche y me invitó: “¿Quieres café, Nicolás?”. Y como yo le dijera que no, con desdén, hizo su habitual sonido despectivo con la boca y me dijo, antes de desvanecerse en mis recuerdos al entrar en la cocina, lo que es la vida: “¡Bonita puñá son tres moscas!”