Pa qué me sirve la vida, Chano…

books1Ya sabes, Chano, después de tu mujer, que no soy dado a llanto si no es de rabia, que no se me da nada bien la lírica que acompaña a las declamaciones usuales en esto de los obituarios si uno llora de pena, y lo que sale de mi boca con la rabia mejor es ahora silenciarlo.

Aquellas últimas imágenes tuyas que conservo, preso de la fiebre, mandíbula temblorosa y baja ya, tu mirada desesperada, tu postrera imploración – dame un pizco de agua – no se van de mi visión fatal de la vida, mezcladas con aquellas otras de médicos que se tiran las culpas contigo de andanada; de piques y malos tratos de enfermeros imposibles de demostrar ante un tribunal, porque así es el sistema que se han montado, intocables en sus privilegios que ahora ven peligrar y a ti te lo hicieron pagar, en el atroz sufrimiento que padeciste y que ellos ni se dignaron comprender, cuánto menos tratar de aliviar.

Te juro, Chano, que hace un mes ya, pero todavía me despierto con rabia a mitad del poco sueño que soy capaz de conciliar y con ganas de ir a cierta planta de aquel hospital maldito a ajustar alguna cuenta que yo sigo creyendo pendiente. Pero acto seguido me doy cuenta de lo inútil del pensamiento, y por ende, de todo deseo de justicia.

En un mes han cambiado todos mis conceptos, Chano, de una manera que no puedes imaginarte. Tú nunca supiste quién fue Sísifo, ni quien Camus. De igual manera, tu otro hijo no creo que lo sepa, ni tenga interés en saberlo. Y sin embargo, en aquellos locutorios infernales, mientras una doctora informaba lo que le parecía y tu hijo menor peleaba por ti con todas sus fuerzas, dispuesto a mantener la esperanza que tiene quien no sabe lo que le dicen, en la otra silla, yo entendía los tecnicismos del lenguaje médico, y ya sabía cuál era tu destino, Chano.

No puedes imaginar la amargura que se siente cuando ya te sabes el contenido de la sentencia; cuando, como Sísifo, sabes que el llevar la piedra arriba sólo conlleva volver abajo a subirla otra vez.

Mi hermano, ignorante de las culpas del griego, es feliz porque hay un instante en el que ve llegar la piedra arriba. Yo, lector del francés, me planteo la vida como una estupidez sin sentido, bien es verdad que sin lágrimas de dolor porque nunca llegué a creer y por tanto no me vi defraudado en la esperanza. Muchos me ven y me consideran fuerte porque no lloro, pero sólo soy un espectro cada vez más convencido de que mi papel es un mero trámite sin solución.

De no existir el Vaticano, se podría encontrar fuerzas en la resignación cristiana original. Puede que algún resto quedara en los pliegues de la actualidad, pero sólo vivido sin intención alguna de extrovertirlo. Por lo demás, tengo asumido que este mundo que ya Proust adelantó, que Ortega describió con dolor, no merecerá la pena cuando quien me diera la vida se marchara también de la mía. Quizá ese sea el momento de rendirse y dejar que la piedra me aplaste de una vez.