De romería.

13325790871Sombrero1Me pongo una ropa igual a la que mi abuelo Andrés usaba para atender tierras y vacas, y que él se quitaba de encima, presuroso, apenas tuviera que acudir a cualquier lugar fuera de sus quehaceres, vestido con su ropita de salir, sus zapatos lustrados, pantalón y chaqueta, si fuera el caso. Aquella ropa de franela a rayas, la camisa manchada de las hierbas, el fajín para los jases de hierba a la espalda, se quedaban en la cueva de la ropa sucia.

Salgo con mi mujer, que menos fuerte sería con la Guardia Civil, del final de la romería, aún sin gente, hacia el inicio, encontrando en el camino a las mismas personas que veo habitualmente. Despliego todo el poderío de mi erudición, y pedante como yo solo, voy haciendo gala de la inmensa cultura que he sido capaz de acumular con años de buena y densa literatura:

“¡Oh, qué hay! Ji ji, ja ja, ¿cómo va la cosa? Aquí estamos, a echar el rato. Ji ji, ja ja.”

En llegando al punto donde ya la gente se va a quedar en compañía de licores y sabores, damos la vuelta. Mi mujer me va sacando todos los fallos, cometidos o no, que se me puedan atribuir. Yo no bebo alcohol, ni fumo, pero tengo que comer si se me ofrece, gracias a las gracias que se hacen de mi barriga. Y el regreso ofrece una variación respecto de la salida: o pisas las bostas de vaca o te tienes que ir por las orillas donde están esos insoportables a los que sólo saludas allí y pasas de ellos lo mismo que ellos de ti el resto del año:

“¡Oh, qué hay! Ji ji, ja ja, ¿cómo va la cosa? Aquí estamos, a echar el rato. Ji ji, ja ja.”

Y llegas al final de la romería, ahora ronería, de noche, en medio de borrachos, tú que no bebes, la madelón esa de los cojones que a todo el mundo le pinta una sonrisa bobalicona y a ti sólo te parece una cacofonía insufrible de una charanga; brincos a un lado y a otro; niños borrachos; primeras peleas; tú no saltas, sabes que serías ridículo y desesperas porque aquello se acabe. Y para que la costilla no te esté abroncando continuamente, repites hasta el puto final de una tarde inacabable:

“¡Oh, qué hay! Ji ji, ja ja, ¿cómo va la cosa? Aquí estamos, a echar el rato. Ji ji, ja ja.”

Y hasta el año que viene.

Al final de la cacería.

CaceríaSabes perfectamente que no me podré mover más, que no puedo articular ni uno solo de mis músculos, que prácticamente estoy muerto, pero sabes que aún conservo el aliento, que aún sufro las mordidas de tus perros, que aún soy capaz de darme cuenta del dolor, de la desgracia, de que estoy llegando al fin. A mi fin.

Y por eso mantienes firmes tus mandíbulas sobre mi cuello, por eso no me sueltas, porque están llegando tus compañeros de cacería y quieres mostrarte triunfante, quieres que vean lo que eres capaz de hacer, quieres sentir el respaldo de tu manada, tener su aprecio.

Poco te importé yo, aquella patética presa que iba a su aire por el camino, que no molestaba a nadie, que no agredía, que no se alimentaba de los demás. A ti sólo te importaba buscar una presa, ganar posición entre los tuyos. Señalaste a quien conocías, lo seguiste, invitaste a tus amigotes a la cacería, pero tú conocías los andares de tu presa, te saliste de la manada para llegar primero.

Y me perseguiste, me disparaste, me lanzaste feroces animales para acabar con mi resistencia a dentelladas, minaste mi capacidad de escapar, me llevaste cerca de los míos para que mi caída sea visible. Y ahora estás aquí, sabiendo que me estoy apagando, que ya no tengo esperanza, que los míos están paralizados por tu poder, y entre tus fauces ríes, te jactas, me imprecas: estúpido, estás muerto por no haberte unido a mi manada, por esconderte, por querer ser tú mismo y sin los demás, por no haber seguido mis órdenes.

Hoy habrá sido un gran día para ti, zorra.