Un cuentillo del árbol de la Plaza del Corazón de Jesús.

Árbol de la plazaEl ahora esmirriado árbol principal de la Plaza del Corazón de Jesús de Arbejales, por cuenta de esas brutales podas, luce segundón en favor de otros árboles más nuevos y de menores méritos. Pero a fines de los años ochenta del siglo pasado era el único que por estos tiempos lucía, majestuoso, grande, con una sombra que podía abarcar la mitad de la plaza.

Y llegando las elecciones municipales de 1991, se disputaban la mayoría de los votos arbejalenses dos partidos: el de Cayo y el de Juan de Dios. Aquel sábado primero de campaña, se esmeraban sus partidarios en buscar el lugar más llamativo para colocar el cartel de su candidato, siendo primero Guillermo Nuez quien, provisto de la escalera parroquial, de unos ocho metros estirada, situó la imagen de Juan de Dios lo más alta que pudo, llamando de inmediato la atención de cualquier viandante y logrando el efecto buscado de la espectacularidad.

Cuando Juan Sardina pasó por allí, ni corto ni perezoso fue en busca de la escalera de mi suegro, que desplegada alcanza la muy peligrosa altura de doce metros, a los que Juan, en medio del entusiasmo, no le tuvo miedo alguno hasta que llegó al cogollo del mato y plantó allí la imagen de Cayo Yánez más alta que nunca tuviera ese hombre en Teror.

Pero cuando Juan vira pabajo y se da cuenta de dónde está, le pega a entrar un temblequeo, un resudor, y una falta de confianza que se traduce en seria duda de su higiene corporal por alguna parte, y en una cacofonía de alaríus, esperríus y aclamaciones varias que aquello daba pena.

Fue a ser que en la plaza no había sino socialistas en aquella hora, y nadie lo iba a dejar allí, pero tanta era la mala chacina que tenían, que no lo bajaron hasta que puso el cartel de Cayo Yánez a la misma altura que el de Juan de Dios.

¿Tienes miedo?

559000_430613620326138_443492520_nAllá por cuando no se había abierto la carretera de Zarandilla, que tendría yo unos seis años, dispuso mi madre viaje a El Pintor una tarde de aquellas de octubre sin cambiar la hora. Fue un día después de haber caído una llovida torrencial, bajamos hasta el Barranquillo del Coco por aquella vereda, yo delante, retador, animando siempre a mi madre, quien iba con mi hermano de unos dos años en brazos, que nunca sirvió para caminar, el muy gandul. Mi madre no perdía el paso, siempre deprisa, siempre detrás, siempre vigilando. No parecía que se cansara, yo la intentaba picar, le lanzaba puyas, y llegamos al barranco. Había caudal, pero no era mucho lo que llegaba de El Pedregal, era fácil de cruzar.

Cuando llegamos a Zarandilla, la cosa cambió del todo. El agua provenía de todos los barrancos que afluían en el ya muy crecido de El Laurelar, el sonido era apabullante, los tamborazos de los rápidos ensordecían y con una violencia extrema, el agua iba a caer en una catarata sobrecogedora unos metros más abajo. Me paré en seco, se me acabó la risa, no fui capaz de articular una palabra.

Al poco, mi madre llegó allí, mi hermano en brazos, aquel bolso cuadrado moda de la época y una bolsa de Almacenes Batista, Domingo J. Navarro, 10, blanca y verde. Sin perder la calma, con una pícara sonrisa, me pregunta: “¿Tienes miedo, Sergio?” Miré al barranco, me abalancé sobre la corriente, brinqué por las piedras con todas las fuerzas que tenía y llegué a la otra orilla. Cuando me giré para brindar mi triunfo a mi madre, allí no había nadie. En medio de mi asombro, oí decir al lado mío, por el otro costado: “Vamos, que se nos hace de noche”. Y dejamos atrás la corriente, camino adelante, bello paisaje que nunca más volveré a ver como fue. Y no volví a echármela, ni a presumir.

Hoy, cuando otro tipo de corriente se quiere llevar por delante mi ánimo, recuerdo que siempre hay al lado quien no se ofende con mis bravatas; quien acude cuando estoy desconcertado; quien sabe estar en mi tribulación; quien me ayuda gratis y no se ufana porque me supere. Y de quien se ofusca, de quien se pica, de quien nunca está pero me esclaviza, de quien no hace nada por mí, de quien sólo sabe darme bramidos de furia.

Y me acuerdo de aquella frase, en medio de los estampidos del agua: “¿Tienes miedo?”

Entre unos y otros, creo que ya lo perdí. Ha ganado el agua.

Una primera comunión de negro.

R-1 (4)Dice mi madre que hay más allá le preguntaron cómo fue su primera comunión, en uno de esos actos en los que se prepara esa cosa pija, falsa, cara, inútil y fea que ahora nos inunda este mes y parte del próximo.

Por lo visto, allá por el cuarenta y seis, cuando mi madre andaba por los siete años de su edad, le tocó a ella comulgar, lo que se verificó en la parroquia de La Milagrosa. Don Santiago Pérez le había dicho a mi abuela que si alguien hacía la primera comunión en un funeral se ganaban muchas indulgencias, a repartir entre la niña y la familia, que salía beneficiada en el reparto.

Y ni corta ni perezosa, mi abuela la preparó como era debido, ya que se había muerto un tío paterno de mi madre en aquellos días, y si la niña tenía más de seis años ya debía lucir luto, mayormente en un acto de esos, y de tipo completo. Era costumbre levantar una especie de recuerdo del muerto en forma de un simulacro de caja mortuoria vacía, adornada de manera fúnebre y todo lo lúgubre que se pudiera.

Así se vio mi madre: Mirando ora al suelo, porque aquella evocación de un duelo ella no la había visto nunca y estaba aterrorizada, ora a sus sandalias de estreno, si bien eran usadas de la hermana mayor, así como ella se las dejó a la siguiente según acabó aquello y volvió a sus alpargatas. Sus guantes, sus tiras y lazos, su ropa, sus medias, todo negro, en medio de sus llorosas tías y personas piadosas, aguantó como pudo y comulgó.

Así será cierto, señora, que a usted no le gustó su primera comunión y me vistió a mí de soldadito español de verde, en medio de todos aquellos marineros y novias blancos ellos y ellas, yo el único que destacaba, amén de llevarme por todas aquellas calles con aquella ropa y todo el mundo mirando para mí. A fin de cuentas, ya tenemos algo en común: El recuerdo de mi primera comunión a mí también me sigue pareciendo terrorífico.