El machote, dice…

El mirlo y el gatoEl macho de la alpispa se pasa el día entero al cuidado de su familia. Lleva comida a su casa, saca la basura, brinda protección, ayuda a su esposa en el cuidado de la prole, se pasa el día entero yendo y viniendo, cantando dulcemente desde las antenas de las azoteas, acompañando las horas muertas.

El mirlo se cree un machote. Pasó la noche solazándose con su sufrida parienta, y en cuanto rayó el día se largó a despendolarse con sus aventuras, sus pendencias callejeras, a desperdiciar el día de juerga con el gato. No asoma por la casa hasta la noche, no tiene cuidado de su rancho, allá se las apañe ella con los chiquillos.

Y todavía presume de macho. Miapallá. ¡Sinvergüenza, granuja, bandío, hereje!

¡TÚ LO QUE SOS ES UN MACHISTA DE MIELDA!

Días de libros.

Foto de perfilReconozco que el efecto del Manifiesto del Hierro ya no me produce aquella reconfortante carcajada de siempre, pero no dejo de estarle agradecido, pues aunque sólo sean las cejas, aún hay algo capaz de levantar alguna parte de mi anatomía. Juro por los huesos de Gumidafe ser más canario que los cincuenta kilos de gofio que de promedio me vengo jincando al año, ritual que se debe seguir practicando antes de que se te lancen al cuello los defensores de la patria bereber que me acusarán de traición a mis ancestros, ellos siempre tan atentos a sus guerras y yo tan metido en mi mundo que no tiene fronteras, y menos impuestas en mi cabeza, donde sólo la Razón sigue mandando a día de hoy.

Esta es la época del año en la que hay que confesar que lees, que sigues siendo un rebelde capaz de mandar a la mierda a tanto mediocre con la única arma de un libro. Que no crees en las propuestas adoctrinantes de la Edad Media ni del mundo contemporáneo. Que te da igual que el predicador esté en un altar o en un sindicato. Que eres libre, que piensas por tu cuenta, que te resbalan las proclamas de quienes se creen dueños de tu vida y deberían ser tus servidores; que no te dan miedo esos cabrones que te amenazan como si tú les debieras favor alguno por pasarse la vida jodiéndote.

Y confieso que leo: que me causa un placer infinito ser objeto de burla de casi todos; no tener conexión aparente con ese mundo tan perfecto, tan material, siempre atento a buscarme para joderme, para hacerme daño, para decirme por dónde debo ir o no ir, para insultarme, para no entenderme; ese mundo de personas a las que les importo una mierda, pero que no soportan que ellos tampoco me importen a mí lo mismo. Y me pierdo en mis libros, en la Filosofía; me siento vigilado en Triana o afuera de La Portada; Ricardo Blanco o Eladio Monroy siempre me están acechando; el Hotel Madrid o el Obelisco son más que sitios donde pasear; me invade la melancolía cuando me acuerdo del camino del Risco al Teatro con el compadre Juan Jinorio o Pepito el de Piquillo…

Por eso, en días como estos, digo que leo. Que sigo siendo aquel, que me he impuesto leer más, aislarme más, vivir más. Leer. Vivir. Pensar. Decidir. Ser libre… Haberme comprado la última de Asa Larsson.

Escenas de urgencias.

Foto de perfilEntró al box justo al frente del que me encontraba yo de acompañante toda la mañana y el mediodía, los de la raya verde. Con una pose estilo Bette Davies, se sentó en la camilla, se bebió lo que la enfermera le indicó y se recostó, dejando contra la pared el enorme bolso de marca falsificada. Procurando dejar fuera de la sábana las uñas pintadas, resto del cuerpo en el estilo policromático Risco de San Nicolás, echó su cabeza hacia atrás, oxigenada de agua, pinturas del chino a un euro el kilo, ropas de tiendas de pibas que podrían ser sus nietas, todo un surtido de joyas de los negros del rastro, saca del bolso un móvil del tamaño de una caja de zapatos y llama a su actual. Con una voz que tenía medio barco de Coronas rubio, le dio instrucciones al caballero de lo que tenía que traé der Carrefú, que ella iba a llegá argo talde. Se interesó por hijos de él y de ella en anteriores relaciones, con unos nombres que no eran Sergio Nicolás.

Después llamó a su ex, un pringao que lo iba a pasá má cuando ella lo trincara, que a vé adónde está Maikelcrístofe, quien por lo visto era hijo de ambos, que debía estar bajo la vigilancia del pringao y que a esas alturas estaba en las esquinas del polígono. Después de una bronca descomunal, dejando claro que a las cuatro, el tal Maikelcrístofe tenía que estar en cobertura, guardó el móvil, se viró en la camilla y se quedó dormida.

La otra camilla de mi box estaba ocupada por una niña de unos once años, uniforme de colegio que yo pago y no puedo usar, zapatillas de cien euros, carita de ángel. Había tenido una crisis cardíaca y se encontraba enchufada a un aparato que de vez en cuando pitaba. Su madre, toda ternura, se ocupaba con amor infinito y solicitud de cualquier detalle. Los zapatos que la señora se calzaba me los pide mi bujé para Reyes y yo le recuerdo que soy republicano; la ropa, sencillita, sin estridencias, era de Massimo Duti para arriba; el peinado, perfecto; la cara no llevaba maquillaje, pero se cuidaba en Douglas; los zarcillos eran diminutos, pero de oro; una alianza de casada y un reloj fino que yo no puedo comprar ni pagando al plazo. Cuando pitaba el aparato, agarraba con una mano la de su hija y con otra se palpaba una medallita de la Virgen colgada al pecho.

No teníamos cobertura allí, hay un inhibidor de frecuencia que la quita, y si quieres llamar, has de irte a los pasillos de los ascensores, pero al oír aquel vozarrón de cubata y nicotina fijo pegado, la mujer no dejaba de sorprenderse, y cuando la otra hubo terminado, me preguntó, muy amable y muy bajito cómo es que aquella tenía cobertura y nosotros no.

“Señora, usted disculpe, pero ni por todo el poder de los santos le pregunto yo nada.”

Recuerda: Hacienda somos todos… casi iguales.

Foto de perfilCada vez que llega este momento del año, los medios del Estado nos machacan a los pobres con esa jaculatoria. Paga, cabrón, que si no lo haces eres un defraudador, un caradura, un sinvergüenza de la España cañí, culpable de la crisis que ahora tienes que pagar.

Y mientras, te vas enterando de que los Aznar, pobrecito matrimonio ese, ha devuelto los 12.000 euros que habían recibido para un curso de golf. Gratis y por la cara.

Eso es algo que sabemos. Imagínate lo que no sabemos.