Don Juan Guerra, mi médico de chico.

03 1967 Frente al cuartoMe cuenta mi madre que entre fines de los años cuarenta y los cincuenta, un tal Juan Guerra González, natural de San Mateo, pudo acabar sus estudios de medicina gracias al aporte que le hizo un tío suyo, un famoso médico entonces de Las Palmas de Gran Canaria, don Juan Guerra del Río, dadas las escasas posibilidades económicas del sobrino. Este del Río tuvo consulta cerca de onde se cogían los piratas, a la banda enfrente. Cuando se hizo médico abrió consulta en su San Mateo natal y obtuvo plaza por la Seguridad Social también un tiempo. Empleando métodos de medicina moderna, don Juan Guerra se fue ganando mucha fama por sus aciertos, y uno de ellos, parece que fue a mi bisabuelo Antonio, de Los Caideros.

En esos fines de los cincuenta y principios de los sesenta, una hija de aquel Antonio tenía a su suegra mala de diabetes y no hacía sino bebiendo leche, hasta que la llevaron a don Juan y le encontró un remedio a aquella delgadez que la llevaba derecha a la tumba: que mataran una gallina y comiera, que aquella mujer lo que tenía era hambre. Y así trató a una persona, a otra, a otra…

Muy pronto, la fama de don Juan se extendió por toda esa zona de La Milagrosa, y cuando mi madre se casó, la transmitió hasta San José del Álamo. Allá que nací yo, en 1965, ya mi médico fue de manera natural don Juan Guerra, pero tenía su consulta en la Calle La Naval, muy pacá, casito en Albareda. Primo suyo era, pero de Artenara, mi médico de cabecera, don José García Guerra, el médico de Tamaraceite. Nombres de médicos hay en Las Palmas de aquellos años que siembran mi memoria: Agustín Melián, Ponce, Domingo Rodríguez, don Rodolfo, el de las plantillas… Alguna vez habrá que ocuparse de todos ellos.

Pero por esta vez, ha sido la gran suerte de haber tenido acceso a las fotos que publica Antonio González Morales de aquellos tiempos que ahora relato lo que ha estimulado la memoria. Compartir sus fotos es todo un privilegio, que se ve aumentado por la gran calidad de la gran cantidad de gente que me importa y se asoma a su página: aquella que siempre tiene algo que enseñarle a este animalito que suscribe.

Suso ya es un pureta.

anciano_by_isaacmontoya-d4gs8jgMi compañero Jesús Francisco y yo salimos de trabajar, cerca de la medianoche. En la parte baja del repecho que hay entre la Fuente y la tienda había un coche, un Polo, con cuatro muchachillos dentro discutiendo a garganta completa. La cosa iba de subir el coche o no, porque habían probado que patinaba y no podía. Nosotros seguimos nuestro camino, subimos la cuesta y cuando ya estábamos arriba, hubo un nuevo intento, fallido. En estas que, para mi asombro, Jesús Francisco empieza a increparles y decirles cómo se tiene que subir la cuesta, lo cual de entrada sirvió para que la discusión arreciara.

Llamé aparte a mi compañero, le pregunté si es que los conocía de algo, y me dice que no, lo que me alarmó, en vista de la dimensión de aquella trifulca entre cuerpos de dietas raras, aspiraciones que no parecían de aerosoles para asmáticos, hierros, afeites raros, gorras imposibles, ropas sin orden alguno y meneos y voces más parecidos a los vídeos que oyen mis hijas y que a mí me parecen continuas provocaciones barriobajeras.

En esto, el coche sube y se planta en lo alto, se suben todos los demás y se largan carretera adelante, mientras se oye de adentro, con ese hablar arrastrado típico de cuanto más tá y cuá shea er pibe:

– ¡¿Tú vé, que er pureta tenía rashó, bobomielda?!

Al pobre Suso se le apareció allí mismo el Arcángel San Gabriel. Lleva dos días dolido como un moratón. Ya no es un pibe, ya no es joven, ya es un pureta. ¡Un pureta! Adiós expresiones de consuelo, aquellas zarandajas de que uno es joven mientras la mente sea joven y todas esas boberías que nos decimos los puretas a los puretas para nuestro imposible consuelo. Adiós machangadas de Eduard Punset, que por mucho que diga parece una momia estreñida. Y eso que mi amigo sólo acaba de cumplir cuarenta y dos. Anda que cuando vayas llegando a la cincuentena…

Habemus papam… ma non troppo.

Newly elected Pope Francis, Cardinal Jorge Mario Bergoglio of Argentina appears on the balcony of St. Peter's Basilica at the VaticanLa curia romana ha anunciado urbi et orbi la elección de un nuevo papa al segundo día y a la tercera fumata, en una fecha ideal para amantes de la Cábala y demás charlatanes, el trece del tres del trece. Mientras seguía con avidez e impaciencia la retransmisión, mi pobre conocimiento del latín me sumió en la confusión total: no relacioné el nombre de pila del cardenal elegido, pronunciado a la manera latina, con el clásico culebrón sudamericano, y siendo el apellido italiano, la desilusión fue inmediata. Otra vez la curia impone un ultraconservador que no ve más allá de la Lombardía. Pero la confusión aumenta cuando oigo, y esto sí que lo entendí bien, el nombre elegido, Francisco, nada menos que el santo de los pobres, la antítesis de los príncipes de la Iglesia.

De inmediato, las bases de datos empezaron a ofrecer la biografía de aquel individuo, alguien que, a tenor de la cara que puso Paloma Gómez Borrero, no se esperaban ni los más expertos en los trajines vaticanos. Recuerdo que en el cónclave anterior no se cumplió el dicho italiano, y Ratzinger entró y salió siendo papa. También recuerdo la frustración que aquello me produjo, y la cara de satisfacción absoluta de Benedicto XVI asomando al balcón de la Plaza de San Pedro. Esperaba un papa moderado (no soy tan gilipollas para esperar una especie de cardenal Romero) y salió lo más reaccionario y anti evangélico que pudiera darse.

Confieso mi perplejidad al ver a aquel ancianito (esa ha sido la decepción) asomar a empujones a enfrentarse a una multitud ante la que se inclinó; comenzar su reinado con un chiste nada evangélico ni erudito; ponerse a rezar (¡como si fuera un cura, oiga, intolerable!); pedir por dos veces que recen por él; ponerse una estola que algún cura que de Teror ha sido tendría por poco adecuada para tan alto rango; y en fin, adoptar una pose estilo Albino Luciani que, qué quieren que les diga, me da mala espina el futuro de este hombre si se le ocurre revolver el caldero.

Más allá de valoraciones creyentes o ñoñas, que no es lo mismo ni es igual, es evidente que la curia ha afinado todo lo posible para elegir a alguien que tenga carisma, que ponga cara amable ante la dimensión de los problemas que tiene hoy por hoy el Estado Vaticano, y… que no disponga de demasiado tiempo, por si acaso. Los perdedores, que a la vista de las expectativas son de muy fuerte poder, están trabajando desde ya en hacerlo fracasar; en España, los mata curas, libres del disfraz del laicismo de estos últimos quince días, se dedican ya a buscar puntos negros en la blanca sotana.

Bienvenido, Francisco, al fin y al cabo me recuerdas al que hizo el primer Belén que hoy conocemos, y como aficionado belenista hasta el empecinamiento, no dejo de notar que relevas a un papa que se hizo famoso por pretender quitarnos nuestro Portal de toda la vida. Ya tengo un motivo para dar gracias al Espíritu por tu elección, no en vano eres evocación de dos de los mejores paradigmas de mi persona: el mulo y el buey.

Mi carta al nuevo Papa.

S.S. Pio VII Tiara de CartonDisculpe que no me dirija a su Reverendísima, Ilustrísima y Eminentísima Excelencia por su nombre, tanto de príncipe de la Iglesia como de santo padre, romano pontífice, por cuanto a estas horas no sé cómo se llama usted, pero sí me atrevo a decir que sé quién es usted. Me sé disculpado por esta insolencia en la seguridad de que no va a leer esta carta, pero eso es algo que ni a usted ni a mí nos importa.

No puedo decir que sea cristiano viejo, pues aunque una parte de mi sangre procede nada menos que de los aledaños del mismísimo don Pelayo, allá en la noble Asturias, más de la mitad de mi caudal circulatorio resulta infecto de orígenes guanches y hasta bantúes. Pero sí alego haber sido cristiano en todos los estados imaginables hoy día, con excepción de la hipocresía, cuestión que sin duda nos diferencia a usted y sus compañeros de Capilla de este bruto nada noble que le escribe.

Empecé siendo un católico al uso de lo que mi madre me enseñó, y sepa, santidad, que ella sí merece la gloria celestial, no exenta de un purificador paso por el Purgatorio, que nadie en esta vida es santo, a no ser lo que vos se dignara señalar. Anoto en la cuenta de mi madre haber aprendido cuanto resultara de provecho para no caer en pecado, menos las cinco condiciones para una buena confesión, que don Calixto tuvo a bien enseñarme a reglazo puro, y mire si era efectivo que jamás se me ha vuelto a olvidar.

Después me hice preguntas, todo era cuestionable en los años Setenta, especialmente desde que murió aquel con quien su Estado tuvo un concordato vigente para beneficio mutuo. Efímero tiempo que oportunamente se aprestaron a aniquilar en cuanto hubo ocasión.

Tuve tiempos de verdadera experiencia mística, si bien desde su propia organización se me recordó con tanta frecuencia que mística y disciplina son incompatibles, que acabé en tierra de nadie, pululando los senderos de la vida, que en mi caso no fueron, cáspita, los caminos del Señor.

Guardo amigos de todas aquellas épocas, buena gente, pardiez; gente comprometida, aguerrida, sincera, leal, valiente, sabia, buena, recta. Incluso, mire, hasta muchos sacerdotes gustan en llamarse mis amigos. Y muchas personas que luchan a diario con las manos vacías frente a la injusticia, a la atrocidad del desenfreno material, a las consecuencias de esos negocios tan… ¿sucios, santidad? Lamentablemente, al Estado del que usted es Jefe yo lo tengo por contrario a los afanes de esa gente.

No obstante, le doy las gracias muy sinceramente. Para mi desgracia y horror, no he sido tocado con la Gracia de la Fe, si bien le reconozco que la Esperanza y la Caridad no me son ajenas. Pero el haberme hecho de cabeza cuadrada y mente abierta ha resultado positivo. Tanto es lo que me he preguntado, y tanta la Razón empleada, que al final no hay razones para que le crea, santidad. Disculpe si le digo que al lado del Nazareno no se come usted un higo; que me importa un pito que sea usted fulano o mengano; que no va a cambiar nada; que no va a castigar al violador, al corrupto; que no voy a entender en la vida que su autoridad se refiera a condenas que se cumplirán en la vida futura, para eso ya tengo las leyes españolas.

No soy quién para darle un consejo, faltaría más, pero déjeme que me haga a un lado, pase usted y llévese la paloma, que yo me quedo con el Espíritu. Le recuerdo que Aquel sigue siendo mi jefe, aunque el contrato esté a nombre de ustedes.

Coches ingleses, padres canarios.

AustinMaestro Pablo y Agustinito tenían coches iguales, pero se diferenciaban en el color. Eran Triumph de vagoneta, pero el primero era morado y el segundo, amarillo palo. El de Adolfito Pérez era verde, pero de maletero, tan cuidadito que lo tuvo siempre. El de maestro Pablo, ya pintado de azul y podrido, lo tuvo Cilio qué años. Una vez íbamos por delante del Tanque de la Manzanilla y vimos una rueda sola por allí palante, hasta que nos dimos cuenta que era del coche nuestro, éste se apandó hasta que rozó el suelo y patinando atinamos a parar en el puente.

Lilo y Paco tuvieron un Bedford gris, igual que Honorito, el panadero, y mi tío Santiago, otro panadero. Carmelito tenía un Commer para acarrear los perros galgos, con aquel molinillo siempre dando vueltas en el techo. Juan González tenía un Sunbeam, blanco. Mi tío Moisés tuvo un Hillman, de dos puertas, y mi tío Pepe un Humber, fuerte máquina, de color verde limón, metalizado. Miguelito tenía un Vauxhall, y Juan Damián una rara mezcla de Bedford y Vauxhall, que fue aquella vez de la tajá en la fiesta de Tunte, igual un día la cuento. Argelio tuvo un Morris Marina, y Paco el de Lala tenía un Austin Victoria. Y vecino mío era Juan Naranjo, el de los Land Rover; muchas le debo, Juanito. Un Ford Cortina tenía Salvaorito el Bandío, blanco, y otro, modelo Transit, tenía Paquito, el de los cigarros. Y hasta Antonio Anaya tuvo otro, gris. Esperanza tuvo un Mini.

Pero los mejores, ¡ay, los mejores!, eran los Austin 1.100 y 1.300. ¡Boh! Pepe Moreno y mi padre tuvieron uno cada cual. El de mi padre era el 8057D, rojo fuego, que compró el 4 del 4 del 74. ¡Bien de historias, amigo! Aquellos cuatro cambios de la caja corta, aquel sonido, aquel motor longitudinal de levas en la culata… Con aquello aprendí a conducir yo y llevé mi L de novato. Ahora tengo otra novata en mi casa. Se me ponen los pelos de punta cuando me dice que se lleva uno de mis coches, yo no le dejo mi Rav4 ni a San Pedro que baje del cielo.

Pero mi viejo, sí. Mientras yo iba a discotecas, cines, y lo que no se cuenta también, mi padre se pasaba las tardes y noches aguantándose sin más coche que aquel. Y se da cuenta entonces uno de que la vida sigue, y ahora me toca a mí fastidiarme y aguantarme con lo que venga.