Burocracias.

Bandera Gran CanariaHay más allá me vi en la necesidad de ir a Valora en Arucas, primera hora de la mañana, local de diez metros de ancho, nadie esperando atención, cuatro mesas en línea con sendas mujeres tras ellas. Silencio. Di los buenos días, que nadie respondió, y aquellas mujeres aparentaban estar trabajando furiosamente ante sus ordenadores en algo trascendente para el estado de la nación. Pero uno, pirado de los ordenadores, notaba desde La Goleta que lo que estaban haciendo era navegar por Internet.

Me dirigí a la mesa más cercana, puse el mayor esfuerzo posible, que es mucho, en que mi voz no sonara como un trueno en aquel silencio e hice la pregunta que me llevó hasta allí. La mujer, con un gesto de desagrado y una pose irritada, me espetó un “¿por qué no vas a Teror?”, que yo tuve en la punta de la lengua responder con un por qué no te vas tú al coño tu madre. Pero como era posible que estas oficinas, algunas cosas sólo las atiendan de su municipio, y porque me urgía el papel, le contesté, vaciando todo el aire de mis pulmones, que en Teror aquel día era festivo. “Pues coge número”, me espetó aquella. “Bueno, como no vi a nadie, pues…” “O coges número o no te atendemos”, soltó la otra, con una finura que rayaba en lo porcino.

Ya sin aire en mis pulmones, lívido, atravesé como pude los diez metros de banda a banda del local para allegarme hasta el dispensador y tomar un dichoso número, el doce. Mientras mantenía la vista clavada en el suelo, humillado, razonando para mí que estas son las primeras que te invitan a manifestaciones, huelgas y a firmas de manifiestos tan razonables y tan verdaderos, va y suena un timbre y se oye una voz canora: “¡El doce, mesa cuatro!”

Con lo que vuelvo a la misma mesa, misma mujer, que ahora me mira con rostro angelical y sonrisa zapatera y me dice, con tono de voz cercano a lo erótico:

“Buenos días, caballero. ¿En qué puedo ayudarle?”

Graci Bordón Artiles: Otra amistad peligrosa.

perfilfacebookSi decimos que en el pecado muchos llevan la penitencia, a la vista de un penitente como yo sólo puede esperarse un pecado permanente. De entre la larguísima lista de mis errores, uno de ellos es, sin duda, no dejarme nunca llevar por nadie, lo cual, paradójicamente, me ha llevado donde nadie me hubiera dejado, tanto para lo bueno como lo malo.

Digo esto porque una de las más despreciadas aficiones que pudiera haber en aquellos tiempos y sociedad en los que me tocó ser infante, niño y adolescente, ser aficionado pertinaz a la lectura me provocó burlas, cuando no rechazos. Pero entre aquellos libros ya desde muy pronto pude encontrar lo que mi mente iba teniendo por cierto, si bien acertar después para afuera ha sido un imposible. Bien porque no encuentro las palabras al hablar con la misma facilidad que al escribir, bien porque mis tonos no suelen ser los adecuados, bien porque parto desde mis propias conclusiones y no me subyugo jamás al dictado de nadie.

Los libros han sido, entonces, mi refugio desde siempre. No me creerán si les digo que con doce años ya me había leído a Ortega y Gasset (incluso sabía que no eran dos personas), a Proust y todo cuanto caía a mi alcance del tema que más me ha apasionado en mi vida: el fracaso de la II República Española, la Guerra Civil y la dictadura del general Franco, quizá el personaje a quien más detesto, junto a Hitler, Stalin y todos los líderes mentirosos y embaucadores de la Historia.

En el caso de Ortega encontré un punto medio entre Platón y Aristóteles, que me satisfizo: No siendo, por tanto, seguidor de un líder, no puedo ser platónico puro; pero tampoco es que vaya a otorgar crédito a la masa, por mucho que yo esté en ella, puesto que la masa es bruta por naturaleza, y dada mi experiencia no merece confianza alguna. Yo soy lo que soy y con lo que me tocó vivir, con mi circunstancia. Reverenciado Ortega. Reconozco que es difícil vivir en esta sociedad actual con mis condiciones, pero se consigue. Les garantizo que se llega a una especie de felicidad basada en la libertad que lleva consigo la falta de preocupación por los objetivos de este mundo material, hedonista y estúpido.

Una de las mejores válvulas de escape ha venido a ser Internet. Me ha permitido estar en contacto con gentes que con su cultura, su saber, me hacen reincidir constantemente en ese error mío ya incurable. Gentes que según el criterio de algunos, pueden ser malas influencias y peores compañías; gentes a las que, sin embargo, yo les otorgo una autoridad ante la que me rindo, aunque no me postre. Les reconozco autoridad, lo cual no significa que esté de acuerdo con lo que dicen. Pero de ellos sí me dejo llevar, para bien o para mal.

Y esta vez he tenido otro golpe de suerte, en medio de otros nada afortunados que Jano me ha dispuesto este año. Tengo una nueva magister que añadir a mis lares: Graci Bordón Artiles. Gracias a ella, por ejemplo, he puesto como catecismo de cabecera el último de Javier Marías: Lección pasada de moda, y que se refiere al buen uso de la Lengua Española, mezclado con los ingredientes personales de cada cual y la resistencia a cambios inadecuados y modismos horteras. Todo un éxtasis, frente al lenguaje chabacano y ordinario que se nos ofrece hoy procedente, se nos dice, de las mejores intenciones de igualdad y justicia.

Resulta paliativo saber que aún hay quien distingue el genérico del masculino. Que dice la médico y el especialista; que no nos vuelve locos con ese aberrante discurso de ellos/as; los hombres y las mujeres; jueces y juezas, por no recordar el alucinante empleo del carácter @ y tantos etcéteras que sólo proceden de la vulgaridad y la ignorancia cuando se tratan de imponer a base del insulto a quien se limita a hablar como está dispuesto. Que cada cual hable como quiera, pero que no se insulte porque no se someta a su dictado. Que quien dicta es, no lo olvidemos, dictador.

Estoy seguro de que Graci no confunde el coño con la coña.  Más que nada, porque un revoltijo de ambas definiciones no necesita de libros y vocablos para su empleo.

Libros de primeros de año.

books1El año nuevo me pilló leyendo 1984, de George Orwell, uno de esos libros que cuando se terminan, uno nunca sabe qué es el final, ni para qué ha estado leyendo aquello. Me recordó Las uvas de la ira, de Steinbeck, aquella novela donde todo lo que podía empeorar iba a peor. Pero tengo, al fin, uno de los grandes ya leídos.

Se me olvidaba reseñar Rojo y Negro, de Stendhal, como otra de las grandes que leí el pasado año. Otra que acabó poniéndome tan nervioso que terminé odiando la novela, y en este caso relacionándola con Dona Perfecta, de Galdós.

Graci Bordón Artiles, uno de esos prodigios que un ordenador ha puesto a mi alcance, me recomienda que complete la trilogía de Millenium. Voy a ver si esa colección de licenciaturas y doctorados que tiene puede con mi voluntad.

Pero antes, he abierto el de Álvarez, La Señora de Bobadilla, que me ha resultado interesante en la decena de páginas que le di en el primer asalto. Ojeo también un libro curioso, editado por Aguas de Teror, escrito por Eduardo Navarro, que tiene mucha tralla de la de siempre, pero que aporta algún dato interesante. Lamentablemente, el objetivo de la crónica es el repartidor (aguador), continuando la tónica de esa empresa de ignorar al trabajador, entre los que tengo el honor de encontrarme.

Una de Asa Larsson anda también por allí; y fue imposible encontrar la de Alexis Ravelo, cosa en la que seré vigilante. ¡Ah! Y el inevitable vistazo diario del regalo que siempre le pido a los Reyes Magos: Un volumen de Súper Humor Mortadelo.

De razas y tamaños importantes.

31092_233749_650x420Cuando yo era chico, y mi barrio todavía se llamaba nada más que San José, a nadie extrañó alguna vez mi apariencia física, y mira que era (y sigue siendo) fea, a más de ser cabezúo con esquinas. Pero fue cosa de empezar a ir a la escuela, primero en El Toscón y después en Tamaraceite, y a todo el mundo le llamó la atención que yo tuviera rasgos de negro. Que si el pelo era igual de rizado, que si la frente, que si los pliegues de la frente, y no digamos los labios. Negro puro, se reían muchos. Y no crean ustedes que aquello, por un tiempo, no me tuvo medio echado fuera del plato.

Muchos años después, el historiador terorense Gustavo A. Trujillo, que sigue empeñado en llamarme amigo sin miedo a las consecuencias, me ha explicado el porqué de mi mezcolanza racial: En efecto, una esclava negra retinta vino a casarse en el siglo XVI con un criado de la eximia familia de los Pérez de Villanueva. Al parecer, a quienes no hablaban el idioma castellano al llegar se les conocía como “Boza”, de donde viene el apellido que se transmitió hasta este penitente por línea de mi abuela paterna, doña Maximina Hernández Boza, de Lo Blanco. Con lo que se cumplen varios asertos posibles: Uno, que viendo cómo se las gastaba la moralidad de aquellos cristianos viejos, vete tú a saber si el presunto criado no tendría filiación paterna con los caciques; dos, que este descendiente sigue estando negro y siendo un criado. El tercero es seguro: Casi medio siglo vivo y todavía no sé hacer una o con un canuto.

Cuando esta mañana, hablando de otra cosa, le dije a alguien que el tamaño no es lo que importa, el otro viró por donde le convino y empezó a mofarse de lo que él creyó era una disculpa mía. Pero no, amigo. Si habitualmente me tomo a rechifla el rendimiento de mis obligaciones, no suele ser más que una evocación melancólica de tiempos mejores. ¿Acaso no se cayó serenamente el Pino Santo sin causar daño, por el peso de las campanas? En esta vida todo se va cayendo cuando va tocando, pero hay una famosa particularidad de la raza negra que no suele ir mostrando este cristiano allá por donde camina, y en eso también salí yo de raza negra.

Y con la presente autoridad del Sistema Métrico Decimal, el otro no tuvo más remedio que callarse.