El Belén y el Papa.

El Papa Benedicto XVI acaba de decir que dos y dos son cuatro. Y un buen número de machangos, que tienen como único fin criticar al catolicismo porque sí, ha puesto el grito en el suelo, ya que ellos no creen en el cielo. Yo tenía por sentado que aquellas chorradas setenteras de Jiménez del Oso, atribuyendo a los marcianos la historia bíblica se había quedado en el negocio que hizo Juan José Benítez con sus ridículos Caballos de Troya. Pero no. A la gente le siguen gustando las tonterías, tales como códigos da Vinci, enigmas templarios y chorradas mágicas de todo tipo.

En Persia, y después en Grecia, se tenía la costumbre de escribir una biografía de la infancia de los hombres célebres, que en el caso bíblico apreciamos, al menos, en los personajes de José, Moisés y David. Generalmente, existe una enorme falta de concordancia entre los años mozos y los épicos del biografiado. Pero cuando tocó con Jesús de Nazaret, el asunto se convirtió en una jartá de chorradas, cuentos, supercherías y hasta majaderías que no tenían fin. Lucas, el evangelista de Saulo de Tarso, era de formación griega, y escribía en un lenguaje adaptado a la gente sencilla, la “koiné”, pero conservaba el rigor griego para las formas y las historias creíbles. De esa manera, no tuvo más remedio que hacer un prólogo que enlazara a Jesús con la historia judía, primero, y convertir su nacimiento en algo que se pudiera pasar, ya por la religión, ya por la inteligencia. Así, dio trabajo extra a los ángeles y arcángeles para explicar de manera lógica el origen de todo aquello.

Situó su leyenda de manera tan rigurosa en la Historia, que habiéndose perdido el primer empadronamiento en siglos posteriores, se llegó a negar todo su cuento. Pero no es más que un cuento, que no hay que interpretar más que un matrimonio que llega a una aldea con mucha gente de paso, ella se pone de parto y la ponen en una de las cuadras dispuestas para ganado que había en todas las casas; una donde no hubiera nadie ni animales en aquella hora. No la van a poner en la plaza del pueblo a parir. Repuesta del parto, limpios los lugares, se fueron a las casas, claro está.

El evangelio de Mateo es una composición babilónica, la más importante colonia judía de aquellos tiempos, que se ocupa mucho de entroncar a Jesús con los profetas; trata de no dejar mancillado el honor de José y dispone, con la leyenda de los Magos de Oriente, la unión entre las profecías judías y la de Zoroastro, con la inclusión de la estrella.

La iglesia primitiva aceptó la parte creíble de los cuentos de la infancia de Jesús, a los que llamó “no escritos” (apócrifos), se entiende que por Dios. Le llamó “la Sagrada Tradición” y contiene los elementos que no están en los evangelios pero que aceptamos hoy: La vara florecida de San José; Jesús nació en una cueva; un gallo cantó en el nacimiento; la huida a Egipto, con un pájaro lavandera (alpispa) borrando las huellas en la arena; los Magos (así se llamaba a los astrónomos en Persia) eran reyes y eran tres, con sus nombres.

San Francisco de Asís, en el siglo XIII, dispuso la primera representación del Portal de Belén, que añadió una piadosa imagen del profeta Isaías al cuadro: la mula y el buey. Si a eso le sumamos el que desde el siglo IV se incluyó la liturgia del fin del mundo y el nacimiento de Jesús solapando al de Mercurio el 25 de diciembre, ya tenemos Belén.

¿Qué ha hecho el Papa? Sencillamente, proclamar el evangelio en el que cree. Sin alpispas, mulas, bueyes, gallos y demás parafernalias.

Soy el más fanático seguidor de las Navidades, los belenes y adornos que te puedas encontrar. Pero tengo claro que las leyendas son las leyendas, por más que mucha gente crea en ellas, y los hechos son los hechos. Yo no creo en la existencia antropomorfa de dios alguno. Sólo creo que Dios es la esencia universal, pero no es una persona, soy pananteísta. Pero a la hora de ver la cantidad de sandeces que en estos días se está diciendo, vale la pena recordar dónde está la Historia y dónde la gilipollez.

Sos rarito como tú solo.

Ayer circulaba con mi coche por un lugar transitado en Teror, con la debida prudencia del mucho tráfico y la mucha gente que camina, más a lo suyo que con precaución alguna por los coches. Mientras yo iba haciendo cada stop que había, señalizando mis maniobras y manteniendo la velocidad dentro de los límites, un coche venía detrás tocando la pita, su conductor gesticulando, algún improperio me llegaba desde allí dentro.

Cuando por fin lo pude dejar pasar, salió como una exhalación, la cabeza inclinada sobre el volante, la actitud valiente, el gesto satisfecho de quien ha ganado. Lo seguí. Apenas unos metros más allá encontró el mismo aparcamiento al que yo me dirigí, unos meros segundos antes que yo, tanta pétima para eso. Se bajó del coche y me bajé. Aquel, ufano, respingó cuando se dio cuenta de que yo, como un muro, estaba delante de él. Y sólo él sabrá si no se meó cuando me vio. Mi aspecto físico, mi gesto habitual, mi voz áspera y grave, no son mensajeros de paz ni en Nochebuena, y sólo quien me conoce sabe cuándo estoy enfadado y cuándo no, pero en aquel caso, el ridículo petimetre que tenía delante sólo pensó, con la única neurona que destina a las ideas, que yo iba a por él.

– No te preocupes, hombre, no te voy a pegar. Yo no soy un españolito medio como tú. Sólo vengo a decirte que por cumplir las reglas del juego, aquí el mierda eres tú.

Después me quedé pensando en las palabras: Españolito medio. Cabreado, chismoso, televidente de telebasura, futbolero agresivo, pícaro, sinvergüenza, insociable, aprovechado, guarro, inculto, listillo, cretino… Claro que a la hora de la verdad, ese es el héroe, el que merece la admiración y el respeto, la persona que hace las cosas como son.

Y allá se fue el hombre, sudando como un gorrino, contento de haber escapado de un bruto que casi me mata, el muy bestia, le dirá a sus amigotes en la barra del bar, mientras se echa un pizco que lo serene. Es posible que invente un intento mío de agresión, con final equilibrado por su saber estar y tronío.

Y ahí voy yo, resignado a vivir en medio de esta sociedad de mierda que no me pasa una, que no me quiere porque no voy a huelgas, que no respeta mis ideas diferentes de pensar, que me desprecia porque no hago lo que hacen los demás. Todos los días me pregunto qué utilidad tiene mi vida, para qué sirven mis opiniones, mis gustos, mis ideas; todos los días me pregunto el porqué de cuanto veo y no hallo respuesta. Para mí sólo existe una respuesta, la que me ha dicho mi madre desde que tengo memoria:

– Mi niño, qué rarito sos. Sos rarito como tú solo.

De puentes.

Me parece maravilloso que no haya puentes y que los festivos se trasladen a lunes o viernes. Así no se reirán de mí quienes los hacen, casualmente los que viven de mi trabajo y no trabajan; se benefician de mí y no me ofrecen beneficio alguno.

Con tal de que no cambien las Pascuas…

Las judionas de mi prima Nuria.

Mi prima Nuria tiene conmigo la bondad de darme una cierta cantidad de judías pintas de tamaño gigante que ella cultiva en El Masapez. Es ella quien las llama judionas. En justa respuesta a los méritos que tengo, lo mejor que me podía dar mi prima, siendo sinceros, es un buen guantazo. Pero el asunto es que llego a mi casa con una bolsa que me provee de esas ricas viandas para largo tiempo, y lo que suelo hacer es guisarlas cuando me van haciendo falta.

Esta vez me dio por prepararlas para congelar, y este fue el método:

Jinqué todas las judías en un caldero de 15 litros, a mi cuenta era como un fondajillo al fondo.

Rellené de agua el caldero hasta la mitad y esperé unas ocho horas.

Cuando volví, las judías tenían cuatro dedos por encima del agua, y les puse más.

Al día siguiente, por la mañana, se les puso más agua, porque aquello amenazaba rebozo.

A las 24 horas puse la mitad en una olla de ocho litros, la más chica era del tamaño de los piratas de Arucas.

Hora y media de fuego cuando la olla tuvo presión, a mínimo gas, con agua hasta los topes, una hoja de laurel, cucharada sopera de sal y pimienta negra en polvo.

Enfriado al natural, sumergidas en el agua de cocción.

Escurrido y dispuestas en bolsas aparentes, metidas en el congelador.

Ahora se saca la cantidad que se prefiera, se preparan a la vinagreta; o con arroz; se les juntan unas lonchas de pescado. O se hace un rehogado; o un potaje de berros…

Ricas, ricas. Y blanditas.

Nadie sabe muchas veces la suerte que tiene.