Otro cuento para los finaos.

La endogamia que había en El Masapez producía cosas como que una prima hermana de mi madre, por una banda de su familia, fuese tía política por la otra. En aquellos años de miserias prolongadas que ya se estaban superando en Las Palmas, pero a sitio tan lejano como los lomos de La Milagrosa no se habían acercado, podíamos estar hablando de los primeros cincuenta.

Era la noche de San Miguel cuando su esposo, el tío de mi madre, tuvo que asistir a un mal parto de una vaca durante horas, y entre unas cosas y otras, la mujer se quedó sola en la casa, en aquellos tiempos de todo en silencio, solitario, al oscuro. Cuando se recordó que en aquellas horas el diablo andaría suelto una hora, ella dijo que poniéndose a rezar el rosario no había diablo que la tentara.

Ya sola en la cama empezó a rezar, pero apagó la luz por ahorrar, que aquellos eran los tiempos que eran. Cuando en esto se dio cuenta la mujer de que había como un susurro que, bisbiseando, le repetía sus rezos. Se calló. Silencio. Encendió la luz y miró, pero nada vio. Siguió rezando al oscuro, y volvió a escucharse el susurro. Llamó varias veces, pero nadie respondió. Rezó de una manera y de otra, una oración y otra, muchas veces sin conexión, para descubrir al liante, pero… El susurro se volvía a escuchar, reproduciendo sus palabras de manera escalofriante.

Al final, la mujer colgó el rosario de la cabecera de la cama y se tapó hasta la cabeza, temblando como la trebolina.

Nunca más volvió a rezar a oscuras.

La Alfa: Recuerdos de otra época.

Ahora que algunos de mis amigos han publicado fotos de máquinas de coser, este tarambaina también tiene un cuentillo que hacer de aquellas máquinas, aquellos tiempos. La de mi madre es esa Alfa de la foto, que usaba o directamente o como cajón de costurera todas las tardes, a las tres, cuando a principios de los 70, la E.A.J. 50, mi madre y yo nos conectábamos a Radio Madrid. Sonaban los pitos, y entonces se escuchaba una voz solemne que proclamaba: “La Cadena Ser presenta: (Aquí sonaba la parte sinfónica de la Romanza de Bacarisse y se nos erizaba el vello) ¡Simplemente María!”

¡Boh! Qué de lágrimas echamos cuando Tomás le robó la niña a María y se la llevó a Esteban: ¡Sinvergüenza, bandío, hereje, mal rayo te parta! ¡Esqueroso! Claro que, allá por el capítulo quinientos y dos años más tarde, se casaron Esteban y María, siah, concio, allí sí lloramos, usté. Fuerte tarde aquella, cristianito.

El tiempo fue pasando y unos años más tarde, en la revista “Interviú”, María Salerno nos dejó ver lo nada simplemente que era. Cuando me hice con un ejemplar de aquellos y me dispuse a llenarme la cara de barros y merecer la condenación eterna de lo menos una semana que después me echaba don Luis cuando confesaba, nunca supe exactamente por qué fui a buscar el rincón escondido del pisante de la máquina.

Esta semana de prisas y afanes, he visto la máquina de coser. Y he recordado a María Salerno.

Lamentablemente, ya no me hace falta una amenaza infernal.

Hay tiempo que no salen ni los barros.

Natomía.

Cada vez que me voy a duchar, me acuerdo de Camilo Sesto. No es porque cante sus canciones, en general, sino porque me acuerdo cada vez más en concreto de una cuando miro para abajo en la ducha:

Algo de mí, se va muriendo…

Un cuento de los finaos.

Ahora que vienen días de miedo, purgatorios, aparecidos y almas en pena, dicho sin segundas, les hago un cuentillo tal como yo lo escuché en una de aquellas celebraciones de los finaos de antaño en que para seguir la tradición se hacían esos cuentos de miedo.

Allí donde confluyen las lindes de Santa Brígida, Teror y San Mateo, virando al naciente, había un señor mayor, viudo, que dormía cada noche en casa de una de sus hijas, y por la mañana, rayando el alba, echaba gofio en una escudilla y se iba a unas tierrillas suyas, una cañada más allá, donde tenía cabras. Siempre ordeñaba una sobre la escudilla, desayunaba, se echaba una cachimba y después se iba a sus quehaceres hasta la hora del almuerzo.

Aquella mañana, en pleno ordeño, al hombre le llegó la Hora, y escarranchado con las manos en las tetas –con perdón– entregó su alma. Viendo que no llegaba el padre a la hora convenida, se acercó la hija al lugar y encontró al hombre tieso, más de ocho horas después.

Poner aquel cadáver derecho dentro de la caja resultó muy complicado, como es de imaginar, y se solucionó a base de unos amarres y nudos con sogas que vencieran de algún modo la tensión que deben soportar. Se hizo el velatorio y se fue pasando la noche.

Allá que fue llegando la hora tercia y todo el mundo se fue retirando, se quedaron en la casa mortuoria, donde se hacían los velorios hasta hay más allá, los doloridos. Unos, vencidos por el sueño, adormilados en la sala que se dispuso. Otros, fumando o conversando, en las afueras de la casa. Alguien preparaba un caldo, un café, un ron…

En esto que un nudo principal, fuera porque no estaba bien hecho, fuera porque no resultó suficiente, se rompió, y el cadáver, de improviso y como un rayo, se quedó sentado con las manos abiertas. Por lo visto, unas mujeres que estaban allí se despertaron del viaje y alguna hubo que del soponcio a pique estuvo de espicharla también. Y de los que se pudieron mover, fue la cosa que el que menos corrió llegó hasta el Llano de María Rivera.

Nuestro Newton.

De todos es sabido que España no será en la vida referente científico internacional, al menos mientras los apoyos a los doblemente pobres investigadores se vean mermados por los gastos que generan los caballos, y burros, de las Fuerzas Armadas, entre otras lindezas. (Por cierto, que lo del papel higiénico de Telde me tiene asombrado, usted.)

Razón tenía Unamuno cuando decía aquello del que inventen ellos, que nosotros ya tenemos el antídoto para cualquier desafío, incluyendo científico, que se nos presente: El furbo.

¿Que tenemos un problema de Física, de Mecánica, de Energía Termonuclear dinámica? ¡Nada, hombre! Allá va nuestro flamante aristócrata y suelta la frase que deja chico al inglés:

“Nos faltó equilibrio en el medio”. ¡Toma ya!

La Enseñanza no es propiedad política.

A mí no me gusta Wert. Pero meter en el saco de sus estúpidas declaraciones el intento de buscar una buena educación no me cuadra. Ese sistema que tanto se detesta ha producido la generación más preparada de España de todos los tiempos.

Y el que viene rigiendo desde fines del felipismo, apuntalado por Pepe Sonrisas, ha producido la generación, culturalmente, más mediocre, bobalicona, acultural y borrega de todos los tiempos. Tengo yo más cultura con haber leído aquellos trocitos de lecturas del libro “Senda” de la EGB, que mi hija en la Universidad.

Está bien traída la foto: Meter a tipos como Wert y Zp en un mismo saco sólo puede dar lugar a machos de cabra (que tienen su nombre) para uso de la Legión.

La difícil aritmética de ser padre.

Los polvorones de Eidetesa acaban de llegar a casa, de los cuales mi bujé me ha dado uno, antes de esconderlos de la rapacidad de mi hija en lugar seguro, inexpugnable.

Resulta que ahora me quiero comer otro, pero soy yo quien no encuentra los puñeteros polvorones, con lo cual se me plantea una dificilísima cuestión:

¿Le digo a mi hija que los busque ella, como hago siempre que mi mujer me esconde las golosinas? En ese caso me descubro: soy un goloso y le doy razones a mi heredera para que siga delinquiendo.

¿O la dejo a ella que se siga jincando los polvorones, que supo desde primera hora dónde estaban? En ese caso me descubro porque soy gilipollas y mi hija se ríe a mis espaldas.

Al final, va a ser que mi hija se jinca los polvorones, se ríe de mí, mi bujé no me deja una simple golosina y soy un gilipollas.

Gustavo A. Trujillo: Habemus Magister.

Por esas casualidades del destino, fui a nacer treinta metros fuera de Teror, pero dentro de La Milagrosa, con lo que nunca pude entender el fanatismo que respecto a la Virgen del Pino se ha sentido siempre en la Villa Mariana. Y menos, adobado con ñoñerías bobaliconas, con papanatismo, con un orgullo despectivo que nunca he podido entender. Sí se comprende que un católico recuerde a la madre de Dios con una talla de María, pero de ahí a los ríos de tinta vertidos alrededor de esta figura hay una distancia exagerada.

La primera vez que pude situar la verdadera esencia que la Virgen del Pino tiene en el devenir de Teror fue hace 30 años, en la presentación del libro “Teror 1911-1982”, de F. Javier Sánchez Herrera. Ante los mismísimos bigotes de un atribulado Pepe Pérez, entonces en la cúspide de su carrera política, el autor vino a llamar al pan y al vino como en Teror no resulta conveniente. Vino a decir que esa Villa no es más que un cúmulo de intereses caciquiles que alrededor del mito del Pino se ha ido desarrollando durante los siglos. Ni que decir tiene que aquel libro, al precio de cien pesetas que eran todo mi presupuesto a gastar aquella tarde en el bar, permanece hoy conmigo, y de vez en cuando le echo un vistazo, porque de las cosas que se denunciaban entonces, han cambiado algunos nombres y nada más.

Tengo también, entre otros, uno de los últimos, no recuerdo ahora si lo fue, de don Vicente Hernández Jiménez, “Aproximación a los orígenes de Teror”. Este libro fue el que me picó al extremo de cuestionarme todos los sucesos que de Teror siempre se han contado. Y fue el inolvidable don Vicente quien me recordó aquel dicho de Cicerón: “Casi siempre hice lo conveniente, y alguna vez lo que me pareció.”

Ahora, Gustavo “Alexis” Trujillo acaba de sacar el que para mí es el libro que cierra el círculo: “Los milagros de la Virgen del Pino”. Tal es el rigor y el gusto por el simple relato histórico, que uno puede situarse como quiera frente a la obra. Ya se lo dije al autor el día de su presentación: todas las ideas de Teror se dieron cita en aquel acto. (Hombre, falté yo por el trabajo, pero les dejé parte de mi obra particular: las botellas de agua que había en la mesa.) A partir de ahora, ese libro pasa a formar parte de mis obras de consulta y me alegro de no estar equivocado con el buen hacer de Alexis. Ya tengo una idea completa, que escribiré en otro lado, para no hacer farragosa la lectura, de la verdad que yo veo de todos esos ditirambos hacia aquella escultura.

Y no ha sido poca la aportación del bueno de Alexis. Tenemos un nuevo maestro en Historia en Teror. El gusto es nuestro, Alexis. Pero la responsabilidad es tuya. No nos dejes en mal lugar a tus admiradores.

La Curva de Bernardita.

El primer accidente que sobrevino después del asfaltado de la carretera de San José del Álamo, en 1971, fue una tarde de fin de verano, mientras estábamos los chiquillos jugando delante de la casa de mi madre. En esos entonces, de allí se divisaba todo el recorrido de la carretera, que un coche que bajó a cuatrocientos, de color verde limón y descapotable, recorrió en un suspiro. Nosotros nunca habíamos visto cosa más acelerada desde aquella vez que a Lorenzo León se le trabó el cable del acelerador de su Derbi Rabasa y jaló por él hasta La Cuestecilla.

El resultado fue el esperado, y en vez de trazar la curva, que bajando es a la derecha, el bólido salió empingado por la cuesta de La Montañetilla parriba, teniendo en cuenta que en aquellos tiempos no había carretera, sino un caminillo que dio con el auto contra unos troncos de pitas y lo reviró, como a las bolas de un flipper, contra el alpendre donde Juanita guardaba las cabras, cruzando la carretera a la banda de abajo.

En el techo de tejas tan viejas como el barrio, cañas, barro y gracias a Dios a la buena cumbrera, se jincó un barrigazo el coche y no dejó desgracias personales. Allá que a los dos minutos llegamos, con el asombro, vimos que era un Triumph Spitfire, y que los ocupantes eran guiris, razón por la cual no supimos de qué se quejaba uno que se agarraba los cuadriles. El otro no decía nada, se levantó y salieron los dos por allí pabajo caminando.

Así se arregló lo que pudo haber sido una desgracia, y grande, menos para las pobres cabras, que estuvieron diez días con sus noches dando unos belíos que no dejaron dormir a nadie. Y cerca de ocho meses sin que volvieran a dar una gota de leche.