Maspalomas, nada que celebrar.

En estos días estamos asistiendo, en algunos casos de forma paleta, a la celebración de que alguien tuviera la brillante idea de cargarse el Sur de Gran Canaria y convertir aquellos lugares paradisíacos en la porquería anodina, grisácea, cenicienta y destrozada que ahora vemos.

Por lo visto, el hecho turístico del dinero fácil y rápido ha de loarse. Llenar toda esa zona de arboleda semi tropical, realzar la belleza de lugares como Las Dunas o La Charca, potenciar un turismo estable y de calidad no es digno ni de nombrarse.

No. Aquí lo que prima es plantar geranios a las orillas de las mastodónticas e innumerables carreteras; poner cuatro palmeras más secas que verdes; tapizar cualquier metro cuadrado de apartamentos; llenar con hormigón la superficie. Eso por no nombrar la fauna posterior: delincuentes, desaprensivos, mafiosos, timadores, atracadores, políticos (no sé si esto es una redundancia).

Y después de acabar con todo lo que han podido (gracias a que el “progresista” de Mauricio no pudo seguir para La Aldea) va y se les ocurre hacer homenajes a los artífices de aquella locura, este disparate y negación de futuro. Esos que llenaron sus sacos de dinero y al futuro de mierda.

Una sociedad sin profetas.

Siempre he sido un furibundo seguidor de la revista “El Jueves”, y de hecho, muchas de mis opiniones, cuando son ácidas, tratan, con la torpeza y la cutrez que me identifica, de hacer una imitación al estilo brillante y único de esa revista.

Metidos en la vorágine medieval a la que nos ha llevado el fanatismo impresentable de los creyentes en el Islam, la publicación de esa revista no puede ser otra que la que ha sido. E, inmediatamente, el gobierno español, representante de la cobarde mentalidad española, sea cual sea el partidillo que lo forme, cierra embajadas por miedo.

Los más cobardes miembros de esta sociedad, que para más inri se dicen progresistas, apelan al respeto por esos salvajes y se ocupan en darle leña a los curas. Y un cuerno. En una sociedad moderna, que ya se plantea a Dios como un simple concepto frente al cual reacciona cada cual en su intimidad, quienes no caben son estos representantes de lo más feo, salvaje y contrario a la evolución que ha tenido la Humanidad siempre, hasta hace poco liderada por el cristianismo rancio.

Si alguien sobra, son ellos. Con sus caravanas beduinas, sus jaimas, sus leyes misóginas, sus ideas de hace dos mil años, que se vayan al desierto y dejen a Occidente en paz. No nos hacen falta. Aquí ya estamos bastante jodidos con los efectos que Dios ha tenido, para tenerlo otra vez juzgando sociedades.

¿Qué número ve usted aquí?

Estuve SEIS MESES para que el Ayto. de Teror no me cobrara una factura de 105 euros, sino de cinco por un error de lectura.

Aclarado que donde alguien había visto un seis era un cinco.

Me pasan la factura buena, la pago, y ahora viene la del bimestre posterior.

Está fechada como periodo JULIO-AGOSTO y tiene una lectura de 626.

¡¡¡SEISCIENTOS!!!

Esta es la foto que acabo de sacar esta tarde, 21 de septiembre…

 

¿Qué número es el que ven ustedes?

¿Ven, como yo, un QUINIENTOS Y ALGO?

¿Y después se puede cabrear alguien si protesto?

¿Qué hago? ¿Una colecta para el oftalmólogo? ¿Denunciar al Ayto. porque sus empleados no ven bien?

Pues nada, hombre, el lunes a ver a Ángeles y Santiago. Total, uno no tiene más ná que hacer…

La vuelta de Susanito.

Cuando Nicolás Pérez y María Ramírez se llevaron su tienda desde Miraflor al Cruce de Lo Blanco, Paco tuvo la genial ocurrencia de transformar la suya en un bar, se especializó en la carne de cochino y se hizo famoso enseguida, gracias también a que en aquellos tiempos de principios de los setenta se asfaltó la carretera de San José del Álamo. Tuvo diez años sin asfaltar el enganche con la de Teror, y sólo llegaba hasta la Cruz de Lo Blanco, pero eso no fue obstáculo como para que no hubiera uno de aquellos andurriales hasta La Isleta que antes o después no fuera a echarse un pizco en el celebérrimo bar, enseguida conocido por “El bar de los cochinos”, y usté sabrá qué entender con eso.

Se convirtió entonces en algo habitual subir al bar, despacio y trazando el camino, y bajar como Dios le daba a entender a cada cual, generalmente deprisa y todo tieso. Pero siempre hay una primera vez para todo, y esa fue una tarde de fines de aquel verano del setenta y dos, casi anocheciendo, todavía no se cambiaba la hora, cuando estábamos los chiquillos sentados en La Cruz de San José. Hablábamos de nuestros disparates maúros, aún no teníamos a los de fuera instalados allí, cuando, en esto, se oye una arrastradera por la ya conocida “Vuelta de Susanito”. El asfaltado de la carretera trajo consigo unas variaciones imposibles de entender si no es por dinero, y por allí fueron a pasar una de las más peligrosas curvas de la nueva ruta, por encima de las tierras del entrañable vecino. Y para colmo, no había ni vallas.

Al sonido de arrastres le siguió una barahúnda de golpes, estallidos, petardazos, sonidos de todas clases, que nos paralizó: Un coche se abalanzaba más de cincuenta metros por el terraplén para abajo, y en uno de los tumbos, boca abajo, se quedó quieto. Nosotros nos quedamos con el alma encogida, imaginando lo peor. En esto, después de algún golpetazo repetido, se oyó aquel esperrío:

– “¿Tú ves cómo por allí no era, cabezúo?”.