Un escala en Hi-Fi peligroso

Ahora que están llegando las grandes actuaciones del Pino, tan relumbrantes, con tanta pompa y prosopopeya, me viene al tino recordar las mejores galas artísticas de toda mi vida: los escala en Hi-Fi. Y no estos de después, que oyen cuatro gatos en medio de una escandalera, no. Me refiero a aquellos pioneros, aquellos de fines de los setenta, aquellos que fueron, en La Milagrosa, uno de los grandes aportes de don Santiago el Nuevo, que bastante animó.
Se hicieron dentro de las primeras murallas del club, a partir de 1978, más o menos como acto de las fiestas, a no ser que hubiera particular devoción. Yo nunca salí en uno, y eso salimos ganando todos, pero si andaba por allí echaba una mano en lo que podía. Aquellos que se celebraron hasta el 81 los recuerdo uno por uno. Grandes actuaciones, magnífico trabajo, que algún día detallaré, junto a fallos descomunales, como cuando antes de una de ellas se cayó un tablero con estrépito y en esto se abrió el telón y apareció Roque vestido de Miguel Bossé con un martillo en las manos. Pero como mi memoria es tan puñetera, hoy me vino al tino una en especial.
Fue el 3 de julio de 1979, semana de la fiesta principal, el escenario por segundo año puesto donde ahora está la cantina, me encuentro yo mirando, sentado en una especie de graderío dispuesto más bien apretado, y detrás de mí unos maúros más brutos que yo un rato bueno. Sale mi prima Elsa para interpretar una canción de una tal Cherry Lane y el tema “Catch the cat”, que básicamente vino a ser que la señorita se pasaba todo el rato dando botes en completa falta de armonía con según qué componentes de su reparto corporal.
Tenía ella puesta una camiseta setentera de tiros, de esas más bien estilo hippy, de color azul turquesa. Y con los remeniones que se sucedían en su interior, una de las tiras venga a irse pabajo; y ella a darle parriba en uno de los botes; y los maúros gritando: “¡Hay va, hay va, hay vaaaaaa!”, pero haciéndose palante a y aplastando a este pobre dolorido; y yo a protestar; y ellos patrás. Y vuelta a empezar.
En una de estas, por fin se acabó la dichosa canción, más o menos cuando yo ya me estaba levantando con esa voluntad tan mía de no peliar, no buscar pleito y aclarar las cosas hablando. Menos mal, porque de mi parte, tanto si son tres como cuatro, allí la tenemos, ¡hombre! Hay cosas y cosas que uno no puede aguantar. Aunque sean por un quítame allá esas pajas.

Positivo, negativo y tierra

Desde aquella terraza estábamos un compañero de excursión y yo contemplando extasiados el panorama bellísimo que se nos ofrecía a la vista, a lo largo de aquella montaña entera, toda la ladera tapizada por un bosque delicioso. Y mientras, despotricaba (ahí sí, Cronista) contra las curiosas decisiones como la de cortar toda aquella maravilla natural porque pasaba, cortándola de un tajo, una línea de alta tensión. Y por qué no se habría aprovechado la nueva carretera para hacer algún tramo subterráneo.

En esto se me acerca el guía y me dice, muy serio él y tomándome del brazo: “Mira: las líneas de alta tensión tienen tres cables, el positivo arriba, el negativo en el medio y la tierra es el de abajo por seguridad, pero se poda cualquier vegetal que haya debajo de la línea porque si cae el cable positivo sobre el negativo se produce un cortocircuito y salen chispas; si es el negativo no, pero el problema es el positivo. ¿Te queda claro?”, decía él muy relajado y convencido, con esa rotundidad que sólo tienen los tranquilos de conciencia. “Positivo, negativo y tierra”.

Si alguien acierta a leer esto sin entender, debe saber que lo que aquel hombre me soltó es uno de los mayores disparates de la electricidad. Mi compañero, que había quedado tras él, se echó las manos a la cabeza. Supuso que el otro me vacilaba, estaba borracho o quería acabar la tarde con dolor de muelas.

Yo me quedé estupefacto. Cierto que un instante consideré enviarlo al útero de su abuela, pero no parecía que hablara en broma. El tío se estaba creyendo realmente aquella memez. Y me pregunté quién era yo para decirle que no. Si yo trato de enseñarle, me discutirá y no aprenderá. Y si ve que yo tengo razón me va a considerar un pedante.

Por lo que resolví, desde hay más allá que pasó esto, que discutir es la mayor tontería que se pueda hacer. Vale más aprender. Y para eso hacen falta dos cosas: una, buscar gente que creas que te pueda enseñar algo; otra, enseñarle algo a la gente que cree que te pueda buscar. A los demás… positivo, negativo y tierra.

Prólogo para quien lo entienda…

Puesto que muchos han querido ordenar los sucesos que han sucedido entre nosotros,
me pareció a mí también, después de haberme informado de todo debidamente,
escribirlos por su orden, ¡oh, dignísimo José Ignacio!,
a fin de que conozcas la verdad de lo que me has enseñado.