Un año más, mormío.

PATRONATO DE TURISMO DE GRAN CANARIACada vez que llega Diciembre te hago pública renovación de mi amor eterno. Repito las mismas frases, el mismo ritual hoy que entonces, hace ya tantos años, ¿te acuerdas?

“En la salud y en la enfermedad; en las alegrías y en las penas; en la pobreza y en la riqueza, yo, Sergio, te tomo a ti en compañía y juro amarte y respetarte todos los días de mi vida”.

Y un año más que se termina y que fortalece nuestro amor hasta hacerlo invencible. Nunca te pondré los cuernos, por más dulces que se pongan a mi alcance, nunca los cambiaré por ti. Por más deseables que sean los convites, siempre tendré un rincón de mí para ti.

Feliz Navidad y próspero año nuevo, mi amor. ¡Ay, gofio de millo!

Siempre seré tuyo.

Natomía.

Cada vez que me voy a duchar, me acuerdo de Camilo Sesto. No es porque cante sus canciones, en general, sino porque me acuerdo cada vez más en concreto de una cuando miro para abajo en la ducha:

Algo de mí, se va muriendo…

Cumpleaños esponsorizado.

Estoy, como todos los años, haciendo balance de las felicitaciones recibidas y aquellas otras que se esperaban y no aparecieron.

Les doy las gracias a todos: A quienes me felicitaron; a quienes no porque nunca lo han hecho pudiendo hacerlo y a quienes no porque no les ha dado la gana.

La diferencia de esta vez es la larga lista de empresas que me han mandado cartas, hay que joderse con lo que hace la crisis.

En fin, a todos ellos ( y ellas), ya pagaremos.

¿Oír mi música es mirar para atrás?

Se me critica que sólo escuche música “de antes” y no esté al día con las canciones que se oyen ahora. Y el complemento de esa crítica siempre es el mismo: Uno no puede pasarse la vida mirando para atrás.

Yo me quedo asmado. Cuando suena una canción, me gusta o no, tanto si pertenece a los años 60 como si fue ayer tarde. Bien es verdad que lo actual casi no tiene sonidos que me agraden. Lejos de mis gustos está toda esa música que se llama hoy “latina”, muy distinta de los boleros, las cumbias, casi toda la mexicana; tuve la suerte de vivir el desarrollo completo de la música disco y de todo aquello de los años 70 en adelante. De todo hubo. Y me quedo con lo que me gustó. Eso no es mirar para atrás. Entonces, mirar para atrás sería que no me guste mi alcoba, que ronda ya el cuarto de siglo; o la nevera, que tiene la misma edad, y tuviera que cambiarlas todos los años, para estar a la moda.

Decirme ahora que pase de escuchar a Led Zeppelin o no me guste el “Born to be alive” de Patrick Hernández y los cambie por uno de esos raperos gritones y soeces es inútil. Decir que soy un retrógrado es falso. Pero siguiendo por esa línea se puede llegar a una conclusión que me resulta intolerable y ofensiva: Decir que me gusta Miguelito Bosé.

¿Qué pasó con las serpientes?

No sé si se acuerdan, pero apenas hará cosa de un año estábamos invadidos por las serpientes, con dos focos: Uno entre Valsequillo y Telde y el otro, que se descubrió después, allá por Guía, creo.

La cosa era descomunal, no podía uno ir al baño a según qué sin que le diera dentera, según dónde. En cualquier momento se esperaba la llegada de un ofidio a su casa. Y más si uno vivía en medio de las colonias.

Las había más oscuras y más claras, más grandes y más chicas, más gordas y más delgadas, más tiesas y más empenadas… las culebras, digo.

Y el Seprona alertando de que esto era el Juicio Final; y los reportajes en los periódicos… Me pregunto qué pasó con todo aquello.

Ya sabemos que el Seprona destina ahora parte de su valioso tiempo a pelearse con la Guanchancha, pero, ¿es que se acabaron de golpe y no nos enteramos?

De mis aventuras en la playa…

Llegamos a El Puertillo cuando apenas habría tres o cuatro sombrillas, muy temprano. Nos colocamos a distancia prudencial, sin estorbar a nadie. En apenas una hora fue llegando la gente, cual marabunta. Unos se instalaban por su cuenta, otros se arracimaban de aquellos pioneros. Una mujer puso a su hijo con sus juegos literalmente debajo de mi sombrilla. Cuando le puse mala cara a mi bujé, me dijo: “Siempre estás protestando por todo, el pobre niño tiene derecho”.

El grupo de delante tenía una discusión fenomenal de fútbol, en la que se resolvía todo a grito pelado. Cuando le puse mala cara a mi bujé, me dijo: “¿Es que la gente no tiene derecho a hablar de lo que le gusta?”

Hacia un lado, un grupo de gente mayor y marchosa, incluida Lola, jugaba una partida de subastado. Los gritos del más orondo cada vez que ganaba eran insufribles, pero cuando rompía el juego rival, los esperríos se sentían en Sardina del Norte. Y mi bujé: “¿Es que no tienen derecho a divertirse una mañana en la playa?”

La megafonía suena para anunciar un comunicado leído a paso de clase de doña Paca, en el que se recuerda que el lunes habrá juego de parchís en el club. Mi bujé me miró retadora, a ver si también por eso protestaba.

El humo de quince cigarros encendidos a mi alrededor me ahogaba, pero eso no está prohibido; los chiquillos pasaban como aviones al lado mío, llenándome todo de arena, pero qué van a hacer; Fefa y Ciona regresan del agua, chorreando, adivinen a quién…

En una de estas se me ocurrió preguntar:

— Y yo, ¿no tengo derechos?

— ¡Tú lo único que tienes son libros y ordenadores, cállate ya!

Prólogo para quien lo entienda…

Puesto que muchos han querido ordenar los sucesos que han sucedido entre nosotros,
me pareció a mí también, después de haberme informado de todo debidamente,
escribirlos por su orden, ¡oh, dignísimo José Ignacio!,
a fin de que conozcas la verdad de lo que me has enseñado.