El último cántico del Siervo.

Despreciado y rechazado por todos, sometido a dolores, habituado al sufrimiento, todos se taparon la cara, me despreciaron y no me hicieron caso. Maltratado y humillado, no abrí la boca, como cordero arrastrado al sacrificio.

Enterrado entre malhechores, como Jonás en el vientre de la ballena esperé un ángel al tercer día, pero me tuve que despertar solo. El sepulcro no tenía losa, ni había guardias dormidos. No hubo plañideras ni mirra, nadie anunció mi regreso y en el recorrido por Jerusalén, Belén, Betania, en busca de cojos que andan, ciegos que ven, leprosos limpios, todos los gallos cantaron y nadie me negó.

Sólo Tomás, incrédulo, no creyó la noticia de mi regreso y permaneció en vez de huir a Galilea con todos los demás a sus quehaceres, libres por fin de mi presencia.

Lleno del Espíritu Santo, alegre en el Señor mi Dios, ahí se quedan mis escritos, ¡Oh noble José Ignacio!, para que teniendo tú las llaves de mi birrioso Reino, cierres la puerta y pegues fuego, mientras yo abandono este mundo en la primera nube que se me cruce. No te preocupes por la falta de funeral, que, total, este que te bendice nunca fue muy católico.

De la gala carnavalera.

A mí no me gustan los carnavales por donde quiera que los considere, aunque soy respetuoso, a pesar de que otros muchos que van de tales por la vida después son los primeros que insultan aquello que sí me gusta a mí.

Históricamente, en mi entorno de finales de los Sesenta y siguientes, aquello era más bien parecido a lo que ahora es el tan denostado Halloween, a saber: grupos de mascaritas, vestidos de manera horrorosa, infundiendo miedo, pidiendo güivitus con chantaje incluido. A mi madre le llenaron una vez la casa de bolas de barro estampadas en las paredes cuando les reprochó la grosería con que habían entrado en su acera, llenándolo todo de barro. Y las fiestas que remataban el día, a base de borracheras y trompadas. Mi padre se partía el alma de risa si en el trayecto de El Masapez a San José éramos abordados por algún grupo de aquellos, que me provocaban pesadillas de semanas.

Conceptualmente, como debe resultar de un cabeza cuadrada, el Carnaval no va conmigo. Eso de disfrazarse para ser lo que no eres, para transgredir, para dejar una impresión de sudor, de sexo guarro, de olor a meados, de vahídos a alcohol, pues… a mí no me va. Y como yo respeto, hay que respetarme a mí, allá cada cual con sus gustos.

Es verdad que durante los primeros Ochenta asistí al concurso de murgas y algún pasacalles; me llamaba la atención la gala de la elección de la reina y algunos años participé, pero ni me llenó como para entusiasmar, ni lo que vino después me gusta, especialmente las murgas. Por tanto, no suelo ver la gala televisada, salvo dos excepciones: hace lo menos quince años, cuando salió una parienta de mi mujer, y la del sábado pasado, cuando salió alguien representando a Aguas de Teror, la empresa para la que trabajo. En el primer caso fue curiosidad, que no me satisfizo cuando me resultó imposible identificar a aquella mujer, estaba irreconocible.

En el caso del sábado, cuando hay alguien que representa al municipio donde vivo y más a la empresa que llega hasta allí por el aporte de mucha gente anónima entre quienes estoy, pues me permito asomar un ratito, no mucho, pero ver al menos el desfile de mi paisana. Y como debe ser, hice mi llamada y di mi voto, que a simpática y guapa no le gana así como así ninguna otra. Pero… siendo muy diplomático, hay mucho que aprender.

De nuevo, el reconocimiento de la cara de mi guapa vecina fue imposible, tras el maquillaje. Eso les pasa a todas, pero a mí no me gusta. Otra cosa que no entiendo es que salgan haciendo playback de una canción, como si en lugar de la reina se estuviera asistiendo a un escala en hi fi. La belleza de la candidata queda escondida, y eso no lo puedo entender: así como el drag queen se valora por lo feo que resulte, a la candidata la esconden detrás de kilos de pinturas.

Y el disfraz. La candidata lo hizo lo mejor que pudo: sonrió, miró siempre a la cámara correcta, tuvo una actitud desinhibida, desenfadada, como debe ser, pero… cristiano, si estaba virada para adelante, se le iba todo el garbo de la actuación. Un disfraz tiene que ser fácil de llevar, la mujer tiene que estar derecha, y si puede ser, bailar mientras lo conduce, y esta pobre parecía (con perdón) un nazareno jalando por un paso de Jueves Santo.

Que después fuera más o menos espectacular es algo secundario, aunque a mí no me gustó: buena idea de fondo pero muy sencillo por fuera, muy … seco. Además de que los colores de nuestro orgullo terorense no parecían ser los más adecuados para una noche espectacular en Santa Catalina.

En fin. Siguen sin gustarme los carnavales, pero creo una buena idea la participación, y si se tiene la humildad de aprender de los errores y mejorar, yo vuelvo a ver el año que viene, si Don Carnal me lo permite, a la candidata de Teror, sea quien sea.

Lecturas de enero.

books1Del cargamento de los Reyes Magos ya no queda ni el recuerdo. Se acabó a principios de mes “La prisionera”, de Proust, y por ahora me tomo un respiro antes de abordar los dos tomos (tochos, pero menos) que me quedan. Mientras, me pregunto otra vez por qué no me gusta la Poesía, igual algo leo, me doy una vuelta por Cano y me llevo el ‘Mariposas…’ de Emilio González Déniz.

Además de mi número anual de ‘Mortadelo’, imprescindible para el buen leer, me eché al coleto dos de Camilleri, ya lo dije, y alguna pelea con el Existencialismo, repasando algún comentario a Kierkegaard y Sartre.

Pero la noticia mundial fue que al fin he podido terminar “Requiem habanero por Fidel”, de J. J. Armas Marcelo, libro este que se me atragantó lo menos cuatro veces. En una ocasión le dije a Emilio que me pareció un truño, pero lo retomé, básicamente porque sería tirar veinte ebros, y eso puede pasar una vez con Julia Navarro, pero un pobre no puede permitirse más veces semejante dispendio.

Sorpresa total que me ocurra algo así con uno de los tres autores influyentes en mi pensamiento. Nunca había leído la trilogía cubana, pero se me atascó cosa buena un libro que no camina, una interminable perorata que a lo máximo que llega es a demostrar el enorme conocimiento que el autor tiene del dialecto cubano y la historia de la Revolución. Recuerdo libros de Cabrera Infante, de Zoé Valdés, y doy con el problema:

Vale que el argumento del libro sea Cuba, la Revolución, Fidel, y sétera, pero… yo no soy cubano, don Juancho. Ahí estuvo la vaina, chico.

Derechos de autor.

La foto que ilustra la cabecera de este humilde blog (que entre brumas y soles va camino de cien mil visitas en veinticinco meses) es obra de Juan José González Sánchez, que aparte de vender fierros y conducir un Land Rover Santana de los de verdad, es capaz de fabricar maravillas como esta y tener la valentía de permitir que un tipo como yo la pueda compartir con ustedes.

Ironías.

Foto de perfilLos héroes de la Mina de San José en Chile, treinta y tres machotes como ellos solos, han grabado un vídeo de apoyo a su selección que resulta un deleite para los oídos de quien tenga un concepto particular de lo que viene siendo ser bruto, salvaje y hortera.

En España, el partido político de moda es uno que propone llevarnos a la ruina, salir de Europa, convertirnos en una república soviética y refinar la polución del aire a base de ligeros cambios en su composición, básicamente cannábica en su nueva presentación.

El sábado por la mañana, entre los que van y los que la verán pasar, un tercio de la población de una isla que se dice moderna, dará trato de diosa a una estatua de madera, el necesitado le pedirá solución a sus problemas y el abastecido le dará gracias por las cosas buenas que tiene.

… y después me insultan porque soy irónico, escéptico y pesimista. ¡Ay, Wilde, Wilde…!

Aniversario fatal.

Otoño.jpgAyer tocó acudir un rato a tratar de llevar un pizquito de consuelo, un dedal de cariño, un cuanto nada de ternura a aquellos ojitos que una vez se abrieron en El Masapez, con formas de Los Caideros y Los Corrales y que desde hacía medio siglo se cerraban cada veintidós de noviembre con su compañero al lado, para despertar ahora en el horror de la ausencia y la soledad.

Y con aquel mismo cariño, aquella ternura con la que yo fui tratado cuando no me valía, mi consuelo se hizo compaña, rezo del rosario, habla canaria que ahora disfruto con mi madre y que ya no puedo hacer con mis hijas, por la simple razón de que no me entenderían.

La evocación, las anécdotas, el ir y venir en los años, de los cuarenta hasta este año fatal; del hay más allá, pasando por antes y más antes, hasta el principio del mundo. Y la discusión, el desacuerdo, el ajuste de cuentas con sucedidos de los años setenta, se mezclaron con la que fue, confesadamente, la única risa en dos días de mi señora madre.

Al final me llegó la sentencia inapelable: “Tú lo que sos, a más de inorante y bruto, es un cuento risa, Sergio.”

En esto fue cuando mi padre venía de la nevera con el tarro de la leche y me invitó: “¿Quieres café, Nicolás?”. Y como yo le dijera que no, con desdén, hizo su habitual sonido despectivo con la boca y me dijo, antes de desvanecerse en mis recuerdos al entrar en la cocina, lo que es la vida: “¡Bonita puñá son tres moscas!”

Epílogo.

Foto de perfilHace muchos, muchos años, cuando sólo tenía una de las cuatro docenas que tengo ahora, me fui al maestro, a preguntar:

 “¿Y cómo es que siendo hijos de los invasores somos ahora los invadidos?, le dije”. Y el maestro me enseñó. Me dijo que el nacionalismo es una frontera mental, que te encierra con tus tierras, con tus gentes, y eso no siempre es lo mejor que puedas haber conocido. El nacionalismo, me dijo, sólo te enseña a odiar, a separarte, a despreciar. Y me creí aquello. Lo cual no me salvó de aprenderme a la letra el Natura y Cultura, a no escuchar aquellos esperríos de Los Sabandeños por los montes de Tenerife, la Cantata del Mencey Loco.

Y volví a preguntar:

“¿Y por qué se combate tanto al comunismo si es lo que ha combatido a la dictadura de Franco?” Y el maestro me volvió a enseñar. Me dijo que el comunismo es otra dictadura, otra anulación de la voluntad, es una impostura, porque al final sólo se llega a lo que se decía combatir. Y me creí aquello otro. Y ya sin preguntar me dijo que nunca creyera a nadie sin haber contrastado su opinión con la de quien pensara diferente. Que la Verdad no existe, sino lo que cada cual quiera creer. Y también lo creí. Y tampoco me salvó para que leyera, ya entonces, a Camus.

 Un año más tarde, un hijo de papá arregló una indisciplina mía a patadas, pisotones, rodillazos, bofetones y puñetazos desde la puerta de la V11 hasta el primer rellano. Y no paró hasta conseguir que mi vida no prosperara, hasta que se me negara el futuro. Y el maestro miró a otro lado. Le dijo por escrito a mi madre, en aquellas notas de cartón azul, que “el niño dispone de la rara cualidad de hacer análisis objetivos y adoptar posturas carentes de criterio”, lo cual mi madre no entendió, pero casi me parte la cara del bofetón que me jincó.

 El niño no era más que un simple inadaptado al mundo que le rodeaba. Incapaz de relacionarse como era debido, sólo acertó a ser un busca pleitos, un mentiroso, un follonero, un perdedor. Aunque parece que sí supo buscarle las cosquillas a aquel santo varón, que ser maestro no sabía, pero pegarle a un infeliz de trece años lo tenía bien aprendido. Y qué bien hablan de él ahora las crónicas.

 Tres docenas de años después, el infeliz ha vuelto a la mesa del maestro a preguntar, ha exhibido esas raras cualidades, ha pretendido relacionarse, ha vuelto a ser incapaz de adaptarse, ha vuelto a ser vapuleado, ha vuelto a ser imposible la comunicación, la libertad. Y mientras cae bajo los golpes, mientras procura salvar el pellejo sobre los escalones y se protege en el rellano de los golpes que le llueven hasta que aparezca otra vez don Pedro, una idea tiene fija en la mente:

No volverá a la mesa del maestro.

Don Juan Guerra, mi médico de chico.

03 1967 Frente al cuartoMe cuenta mi madre que entre fines de los años cuarenta y los cincuenta, un tal Juan Guerra González, natural de San Mateo, pudo acabar sus estudios de medicina gracias al aporte que le hizo un tío suyo, un famoso médico entonces de Las Palmas de Gran Canaria, don Juan Guerra del Río, dadas las escasas posibilidades económicas del sobrino. Este del Río tuvo consulta cerca de onde se cogían los piratas, a la banda enfrente. Cuando se hizo médico abrió consulta en su San Mateo natal y obtuvo plaza por la Seguridad Social también un tiempo. Empleando métodos de medicina moderna, don Juan Guerra se fue ganando mucha fama por sus aciertos, y uno de ellos, parece que fue a mi bisabuelo Antonio, de Los Caideros.

En esos fines de los cincuenta y principios de los sesenta, una hija de aquel Antonio tenía a su suegra mala de diabetes y no hacía sino bebiendo leche, hasta que la llevaron a don Juan y le encontró un remedio a aquella delgadez que la llevaba derecha a la tumba: que mataran una gallina y comiera, que aquella mujer lo que tenía era hambre. Y así trató a una persona, a otra, a otra…

Muy pronto, la fama de don Juan se extendió por toda esa zona de La Milagrosa, y cuando mi madre se casó, la transmitió hasta San José del Álamo. Allá que nací yo, en 1965, ya mi médico fue de manera natural don Juan Guerra, pero tenía su consulta en la Calle La Naval, muy pacá, casito en Albareda. Primo suyo era, pero de Artenara, mi médico de cabecera, don José García Guerra, el médico de Tamaraceite. Nombres de médicos hay en Las Palmas de aquellos años que siembran mi memoria: Agustín Melián, Ponce, Domingo Rodríguez, don Rodolfo, el de las plantillas… Alguna vez habrá que ocuparse de todos ellos.

Pero por esta vez, ha sido la gran suerte de haber tenido acceso a las fotos que publica Antonio González Morales de aquellos tiempos que ahora relato lo que ha estimulado la memoria. Compartir sus fotos es todo un privilegio, que se ve aumentado por la gran calidad de la gran cantidad de gente que me importa y se asoma a su página: aquella que siempre tiene algo que enseñarle a este animalito que suscribe.