El McCartney que nos interese…

Paul McCartneyA pesar de las buenas intenciones que despliega continuamente en sus memorias Geoff Emmerick, Paul McCartney no se destacó al final de Beatles y durante los años setenta por ser especialmente empático, y millones de seguidores (y especialmente de cretinos presuntamente sabelotodo) aún se lo tienen en cuenta. La muerte divinizó a John y aún inclinó más la balanza en contra de Paul.

En el Reino Unido hace muchos años que se ha pasado página, desde fines de los ochenta, pero en muchos lugares se le sigue echando en cara cosas que de pararse a saber cómo fueron de verdad, a muchos se les secaría la lengua. (La melodía de “Obladi oblada” es de John, además de los gritos que se dan y que la hace hortera; la “Balada de John y Yoko” fue compuesta por John y musicada por Paul, la grabaron ellos dos solos y Geoff a los mandos en tan sólo tres sesiones, y tantas y tantas cosas…)

En la España guerracivilista, ser aficionado a Paul significa ser franquista, mientras lo progresista, lo republicano anarco-sindicalista es ser aficionado a Lennon. Así de estúpido. Con motivo de su 75 cumpleaños, yo mismo envié una nota a M80 Radio protestando por las tonterías, mentiras, insidias y falsedades que allí se estaban diciendo alegremente por parte de presentadores chupiguays que no tenían ni puta idea de lo que decían, más que fuera leyendo Wikipedia. Pase que le hagan caso a la leyenda negra, pero ya que se llegue a una traducción falsa del inglés resulta grotesco.

Pero, la pela es la pela, y cuando Prisa contrató a Paul para los fastos del 40 aniversario de “El País”, venga “Macca” para acá, y “Macca” para allá, tanto que en seis meses pareció borrarse Lennon como si nunca hubiera existido.

McCartney ha venido a Madrid a dar su concierto. El que da, no hay otro, pero es que sus seguidores NO QUIEREN otro, quieren lo que él les trae, y por eso llenan los conciertos, por eso lloran, cantan, ríen, corean, aplauden. ¿Que hay gente a la que no le guste? Bueno, es respetable, como a mí no me gustan otras cosas.

Pero ver la reacción de las principales cabeceras después del concierto ha sido patético, desde el ensalzamiento exagerado de El País, hasta la chorrada de crónica que hace El Mundo, tan sólo porque no lo organizaron ellos, que hay que ver cuando es de los suyos el cantante. Al menos, el reportero de ABC hace una columna que se atiene al periodismo, pero la de Unedisa es un desastre que me da hasta vergüenza ajena.

Y del ABC qué decir, salvo que qué pena. Simple odio a McCartney, nada más. Un verdadero beatlemaníaco no se queda con el 1% de mierda que hubo, sino que disfruta aquel 99% de maravilla que sigue habiendo. Claro que todavía hay gente que sólo sabe revolcarse en la mierda. Especialmente si son españoles, que de eso saben para un doctorado.

‘El tanatorio’, de José Correa. Sí.

books1Hace un par de años, al ver la entrevista promocional a José Correa en Canarias7 pensé dos cosas: la primera, que debe existir un sitio donde uno pueda ir a denunciar a alguien por sacarse fotos para el periódico con unos pantalones como aquellos. La segunda, que aquel no era tiempo de tener tanatorios hasta en los libros, por lo menos para mí, que ya cuando entraba en el San Miguel me saludaban hasta por el nombre. Después vinieron tres de Ricardo Blanco y esta novela se quedó olvidada, tanto que cuando nos vimos el verano pasado ni se nombró. Ahora con esto de los libros electrónicos la he vuelto a ver, y esta vez sí me la descargué.

El resumen más somero dicta que si te gusta cómo escribe José Correa, esta es tu novela. O la suya, porque desde el primer renglón ves una literatura suelta, que parece que se va escribiendo sola, como si no hubiera guión, además de que todo, pero todo, todo, lo que pueda aparecer en las novelas de Ricardo Blanco y lo que los editores no le dejan también, está aquí.

La novela es rápida y lenta, es fatigosa y fácil, se va resolviendo en varios episodios en apariencia separados y en realidad es una unidad. Cuando parece que se agota, se reinventa. Te descojonas, sufres, tiene un final antológico, alguno de los mejores chistes y por supuesto, si tienes más de cuarenta años te ves reflejado en gran parte de la trama y de la historia que cuenta. Se puede leer tranquilamente de varias veces o de una sola, porque esa fatiga a la que aludo lo es si no tienes costumbre del vocabulario Correa, pero se aprende enseguida, y se agradece. Cómprala. Por cuatro euros no te echas un rato, o un motón de ratos, como este. Sí.

Yo tuve tres amigos.

Prueba1Cuando al momento de caer enfermo de diabetes publiqué mi desgracia por tierra, mar y aire, cada cual es como es y cada cual me respondió como quiso. Yo acepté todos los comentarios como parte de la ayuda que me hacía falta. Todos, menos tres, esos tres que se dicen amigos para lo que haga falta y que al momento de la falta te das cuenta de que maldita la que te hacen y entre menos bulto más claridad, te los vas quitando de delante y hasta respiras mejor.

El primero se borró de la lista de amigos cuando me repitió por enésima (y última) vez que Cuba tiene la vacuna contra el cáncer, y que si acá nos seguimos muriendo de eso es por culpa del imperialismo internacional, todo ello con acento cubano, que en boca de un nativo de la isla de Fidel ni me va ni me viene, pero en la de un oriundo de la Villa Mariana como que me infló las pelotas por última vez.

El segundo es el tópico amiguete que sieeeeeeeempre tiene un conocido para predicarte su evangelio, en el que te vas a ir al infierno por no seguir su doctrina. El amigo en cuestión es uno que en mis circunstancias se dejó de medicinas y gilipolleces, se metió en Decathlon y salió de allí vestido como un guacamayo a combatir la enfermedad a base de triscar por esos montes cual cabra del padre Báez. Me tuvo más de un año con la prédica, hasta que se supo hace un par de meses que el desgraciado naturista está confinado en una silla de ruedas, con las piernas amputadas y preso de una bomba de insulina lo que le reste de vida.

El tercero nunca falta al convite, no me digas que tú no tienes uno que ensalza las virtudes de cualquier charlatán, de cualquier remedio secreto que se acaba de publicar en un libro donde se pone en su sitio a toda esta mierda de hospitales y médicos sinvergüenzas, peones de los intereses de las multinacionales farmacéuticas. Hombre, este se descalificó solo y enseguida, cuando por un dolorcillo propio de parvulario puso en pie de guerra una planta entera del Negrín y se jincó en una semana más pastillas que Mick Jagger en cuatro años.

Bien dice el refranero que a la hora de hacerle caso a según qué consejos, para las cuestas arriba tengo mi burro y para las cuestas abajo, yo me las subo.

Buen día.

Villa Melpómene, de Santiago Gil. Delicia literaria.

books1Esta novela me resulta paradójica, porque si hay algo que me ha costado el parto de los montes para aprender a usar, eso ha sido comprar una novela en formato electrónico y saber dónde y cómo leerla después, pero si hay algo fácil de hacer y seguro de disfrutar, eso es siempre leer cualquier texto de Santiago Gil, y si es novela qué contar. Gracias a la paciencia de Santiago se obró el milagro y tengo un nuevo título añadido a mi producto interior, gracias a él un poco menos bruto.

Nunca me creí que el narrador fuera un francés ni un señor de Murcia, porque Santiago es de Guía y dos piedras, pero los primeros capítulos (iba a decir páginas, pero aquí no sé si llamarles pantallazos) se me fueron de la vista como si se tratara de Vázquez Montalbán, y a mucha honra, que haberle traído a la mente a uno semejante autor no es cosa de poca importancia, con aquello de “Un polaco en la corte del rey Juan Carlos” que tan fácil es recordar y atrévase usted a escribir de igual manera.

La descripción que se hace del personaje Lucía me llegó al alma, porque eso Santiago no lo sabe pero retrata con una fidelidad casi exacta a mis dos hijas: le faltó haberlas traído de Arbejales en vez de La Laguna y yo le pongo dos personajes por el esfuerzo que él pone una. Si sabré yo, como describe él, lo falso del axioma ese de que «quien ve leer, acabará leyendo». Y un cuerno. Creo muy difícil leer más que yo, de modo más apasionado y continuo, y ahí tienes, amigo Santiago, una señora maestra de primaria y una aspirante a graduada en ¡Filología Hispánica!, que leyeron, la mayor, la primera parte del Quijote a empujones, y la menor tiene en su haber El señor de los anillos y Juego de tronos como mayor tesoro, para mi frustración.

En cualquier caso, no creo que ellas jamás lleguen a disfrutar de sus teleseries, sus máquinas de juegos y su música estridente ni la mitad que hago yo cuando me puedo dar el gustazo de decir que esta novela, cuando llega a la mitad y hasta que acaba me trae al recuerdo a Camus, y eso no se puede copiar, no se basta con imitar: hay que ser un escritor de cojones.

De libros electrónicos y otras yerbas.

books1Esta es mi desgraciada experiencia con el llamado “ebook”, o libro electrónico, del que nunca supe hasta que lo compré adónde llegó mi equivocación. Pregunté, pero todo el mundo tiene una opinión particular, nadie me supo dar las respuestas que yo necesitaba. Igual esta experiencia mía le sirve de algo a alguien.

Nada me gusta más que leer, pero los libros de papel son caros, y salvo un diez por ciento – tirando alto – de libros que sirvan para consulta posterior, los demás se quedan haciendo montón de polvo y espacio. No me gusta pedir prestado ni mucho menos prestar, salvo casos muy especiales, pero no soy dado a esos tratos. Está la Biblioteca, pero no siempre puedo leer a un ritmo impuesto, sino al mío. Queda el gusto que te pueda dar ver unas estanterías llenas de libros, pero eso es relativo, en el mundo actual te tratan de pedante o de loco, y si lo que yo quiero es leer, el libro de papel sólo es una cuestión de formas y muy discutible.

Así que me voy al electrónico con toda mi ilusión, y lo que me llevo es un zarpazo de principiante, de modo que, Nicolás, una y no más. Aunque cara me salió.

¿Kindle o Bq Cervantes?

Estamos hablando del dispositivo de lectura, del “ebook” en cuestión. Si lo compras Kindle, sólo podrás leer los libros que publica la multinacional Amazon, y eso te puede gustar o no. Pero si es al revés, y te compras un Bq, no puedes leer lo que se publique en Amazon. En general, Bq lee el formato Epub, que es el genérico, igual que otras muchas marcas, pero esta es la que más se parece a un libro de papel, la que mejor tiene retro iluminación, por si la necesitas (especialmente cuando tu pareja quiere dormir y tú leer y has de apagar la luz). Un Kindle no es tan técnicamente bueno. Y entre medias, hay al menos una decena de aparatos mejores o peores, cada cual con su precio. Yo tengo un Bq, bastante caro, mimoso como todo lo Bq, completo, buenísimo. Pero…

¿Dónde compro el libro?

Aquí fue cuando la cosa se me jodió. En el formato Epub se publican todos los libros que quedan fuera de Amazon, como El Corte Inglés, Canaima, etc, etc, etc. Y aquí fue donde me estrellé. Porque en todos estos sitios te exigen un programa instalado en el ordenador donde te descargas el libro. El programa es gratuito, se llama Adobe Digital Editions, y su función es crear una especie de ticket de compras virtual. Casi perfecto. Casi… Con la excepción de que ese programa no funciona en Linux, que es el Sistema Operativo que yo tengo. Me niego a tener putosoft.

De modo que o instalo w$ o me compro un Kindle. Y tengo Linux y Bq. La industria del libro sabrá lo que hace, yo lo tengo claro.

Ayer compré el libro de Santiago Gil, “Villa Melpómene”, y lo tuve que leer en el móvil. Y había cosas interesantes allí donde él publica: El tanatorio, del doctor Correa; algo de Teresa Iturriaga; Tramunt… Pero…

Mala experiencia la mía. Y por ella, si me lees, fíjate bien en qué vas a hacer.

¿Soluciones?

La mejor es que te compres una tablet que tenga funciones de ebook. De esa manera podrás leer todos los formatos, y Amazon dispone de una aplicación que te deja leer los suyos también, como tuve que hacer yo con el libro de Santiago. Suerte que mi móvil es de tamaño medio. El programa de Amazon te convierte el móvil o tablet en una especie de ebook, de iluminación regulable, quita el salvapantallas y aporta algunos ajustes más.

O usar w$, cosa que yo no hago. O pedirle a alguien que tenga putosoft que te descargue el libro y luego de lo copias en tu Bq, Sony o demás. Pero ten en cuenta que habitualmente puedes hacer una media de seis copias.

O…

¿Sin honor? Ya veremos…

imagesConozco personalmente al noventa por ciento de mis amigos en Facebook, bien porque los conocía de antes, bien porque los conozco a partir de esta red social, bien porque hacía un montón de años que no los veía y gracias a este invento los he vuelto a ver. A algunos no los conozco, pero se sabe quiénes son, y estos son los menos; a otros aún no, pero todo se andará. Y entre ellos los hay extremistas de esas dos Españas, malditas pero omnipresentes en estos tiempos, que para poderse mantener en mi página tienen que respetarme a mí como yo los respeto a ellos, aunque dudo mucho que el día (cada vez más cercano) en que se acabe mi régimen social, ese respeto se siga manteniendo.

En esta pelea constante en que se ha convertido España, este vodevil estúpido y necio donde todos tienen razón, pero toda razón pasa por el exterminio de la otra parte, esta semana se ha vivido un capítulo que nunca debió existir, pero forma parte de nuestra realidad cotidiana: la dimisión de José Manuel Soria, una pieza de cacería mayor que cae bajo el silencio avergonzado y cómplice de uno de los bandos y la algarabía desmesurada de la otra parte en guerra. Es normal que el Gobierno intente a la desesperada salvar a uno de los suyos, no conviene ahora mover fichas de esa manera. En su defensa, los argumentos han sido más bien penosos, pero queda claro que de ese bando en guerra nadie deserta, y que Soria se ha ido, pero el voto fiel permanece.

Sin embargo, a la hora de decir adiós a lo más alto que había tenido Canarias en un Gobierno español desde Negrín (Saavedra también llegó, pero no fue lo mismo y lo de León y Castillo tiene tantas luces como sombras y la foto no se ve bien) yo me pasmo al ver tanto odio, tanta inquina, tanta venganza. Se ha ido, pero sin honores, reducido a mandar en segundo plano en el partido en Canarias, odiado por los suyos en la Península, convertido en tabú, sin posibilidad de retorno al menos a medio plazo.

Todo ha salido justo al revés de lo calculado. Pero con la enseñanza de que eso es lo que suele cosechar quien siembra lo que Zé Manué se ha dedicado a esparcir durante todos estos años. Ahora, el descrédito, el deshonor, la deshonra, son las compañeras de viaje de este hombre que ni de coña abandonará la política, que no dejará la conspiración, que no se dedicará a sus asuntos particulares, sino que poco a poco, con más rabia, rencor y odio prepara desde ya la venganza.

Fernando Báez no es un judas.

Plaza-Teror.jpgSi yo fuera un verdadero progresista, de esos comprometidos con la libertad, la justicia y cualquier discurso que signifique la destrucción de cuanta costumbre estuviera implantada en contra de lo dispuesto en los escritos de Carlos Marx, a la vista de la celebración el pasado sábado de la quema del Judas que aún persiste, al menos, en Arbejales, Teror o Valleseco, habría aullado hasta desgañitarme proclamando mi total y absoluto respeto a las creencias y costumbres de cada cual, mientras las celebre en su intimidad y en las calles se haga lo que a mí me salga de los cojones.

Pero como buen descreído que soy, yo no aprecio distingos entre estos dueños de la Democracia y el hasta la fecha último generalísimo de nuestras gloriosas Fuerzas Armadas, más allá de una cuestión cromática, y por lo tanto, que cada cual le pegue fuego a su Judas como lo tenga dispuesto, mientras yo me dedico a mis menesteres, que gustarme eso tampoco es el caso.

En la Villa Mariana, el dudoso honor de ser el Judas quemado este año ha recaído, al parecer, en el conocido sacerdote Fernando Báez, ídolo sorprendente de la gente joven, que siendo atea –y eso lo tengo yo en mi casa– le admiran de manera furibunda los modos que a mí en cambio me horrorizan. Sin embargo, he de romper una lanza en favor de Báez, en los años setenta el cura de la moto, al que le debemos los entonces vecinos de San José del Álamo haber tenido nuestra misa y procesión del día de las fiestas, que si por la petulante extrema derecha –más extrema que derecha– terorense de aquellos años hubiera sido, no tendríamos ni derecho a vivir en la parte de aquel barrio que pertenece a la raya de Teror.

Le debimos a Fernando tener una fiesta digna, gracias a su presencia y a pesar de la ausencia de aquellos de calzoncillo almidonado, ropas caras, mirada extraviada en su santísima y milagrosísima imagen hasta que llegó un párroco que por avenirse con nosotros fue denostado por la gente de orden, lengua viperina y colores azules que tanto daban para una patrona como para un caudillo.

No comparto las ideas independentistas, ni la forma de expresarlas que este hombre tiene. Pero de ahí a que sea tratado de judas media un trecho muy grande. Que si algo ha demostrado en todos estos años es, justamente, no haber engañado ni traicionado a nadie, o haberse mostrado como lo que no es. ¡Me cago en los diablos!

Metáfora de las opiniones políticas de cada cual.

Prueba1Hace unos días, Paul McCartney intentó por dos veces entrar en la fiesta de un rapero, y por dos veces se le prohibió la entrada. Puesto que no entiendo mucho del tema, más allá del asco que me produce esa música (ya desde los años 70, no de ahora), pregunté a mis hijas por el fulano en cuestión. Por lo visto, es un gilipollas asqueroso.

Mucha gente se escandalizó del desplante al exBeatle, uno de los prodigios de la Música de todos los tiempos. Pero yo (incuestionable y furibundo seguidor suyo) me pregunto qué coño se le perdía a Sir Paul McCartney, autor de algunas de las mejores canciones de todos los tiempos, de talento comparable a Mozart, intentando entrar a la fiesta de un mierda como aquel.

¿Y la política española? Pues eso mismo…

De la gala carnavalera.

A mí no me gustan los carnavales por donde quiera que los considere, aunque soy respetuoso, a pesar de que otros muchos que van de tales por la vida después son los primeros que insultan aquello que sí me gusta a mí.

Históricamente, en mi entorno de finales de los Sesenta y siguientes, aquello era más bien parecido a lo que ahora es el tan denostado Halloween, a saber: grupos de mascaritas, vestidos de manera horrorosa, infundiendo miedo, pidiendo güivitus con chantaje incluido. A mi madre le llenaron una vez la casa de bolas de barro estampadas en las paredes cuando les reprochó la grosería con que habían entrado en su acera, llenándolo todo de barro. Y las fiestas que remataban el día, a base de borracheras y trompadas. Mi padre se partía el alma de risa si en el trayecto de El Masapez a San José éramos abordados por algún grupo de aquellos, que me provocaban pesadillas de semanas.

Conceptualmente, como debe resultar de un cabeza cuadrada, el Carnaval no va conmigo. Eso de disfrazarse para ser lo que no eres, para transgredir, para dejar una impresión de sudor, de sexo guarro, de olor a meados, de vahídos a alcohol, pues… a mí no me va. Y como yo respeto, hay que respetarme a mí, allá cada cual con sus gustos.

Es verdad que durante los primeros Ochenta asistí al concurso de murgas y algún pasacalles; me llamaba la atención la gala de la elección de la reina y algunos años participé, pero ni me llenó como para entusiasmar, ni lo que vino después me gusta, especialmente las murgas. Por tanto, no suelo ver la gala televisada, salvo dos excepciones: hace lo menos quince años, cuando salió una parienta de mi mujer, y la del sábado pasado, cuando salió alguien representando a Aguas de Teror, la empresa para la que trabajo. En el primer caso fue curiosidad, que no me satisfizo cuando me resultó imposible identificar a aquella mujer, estaba irreconocible.

En el caso del sábado, cuando hay alguien que representa al municipio donde vivo y más a la empresa que llega hasta allí por el aporte de mucha gente anónima entre quienes estoy, pues me permito asomar un ratito, no mucho, pero ver al menos el desfile de mi paisana. Y como debe ser, hice mi llamada y di mi voto, que a simpática y guapa no le gana así como así ninguna otra. Pero… siendo muy diplomático, hay mucho que aprender.

De nuevo, el reconocimiento de la cara de mi guapa vecina fue imposible, tras el maquillaje. Eso les pasa a todas, pero a mí no me gusta. Otra cosa que no entiendo es que salgan haciendo playback de una canción, como si en lugar de la reina se estuviera asistiendo a un escala en hi fi. La belleza de la candidata queda escondida, y eso no lo puedo entender: así como el drag queen se valora por lo feo que resulte, a la candidata la esconden detrás de kilos de pinturas.

Y el disfraz. La candidata lo hizo lo mejor que pudo: sonrió, miró siempre a la cámara correcta, tuvo una actitud desinhibida, desenfadada, como debe ser, pero… cristiano, si estaba virada para adelante, se le iba todo el garbo de la actuación. Un disfraz tiene que ser fácil de llevar, la mujer tiene que estar derecha, y si puede ser, bailar mientras lo conduce, y esta pobre parecía (con perdón) un nazareno jalando por un paso de Jueves Santo.

Que después fuera más o menos espectacular es algo secundario, aunque a mí no me gustó: buena idea de fondo pero muy sencillo por fuera, muy … seco. Además de que los colores de nuestro orgullo terorense no parecían ser los más adecuados para una noche espectacular en Santa Catalina.

En fin. Siguen sin gustarme los carnavales, pero creo una buena idea la participación, y si se tiene la humildad de aprender de los errores y mejorar, yo vuelvo a ver el año que viene, si Don Carnal me lo permite, a la candidata de Teror, sea quien sea.

Debate y escoria.

Prueba1Hace tiempo estuve colaborando en el blog de un amigo durante más de dos años escribiendo mis cosas, veces dulces, veces ácidas, a mi manera, sin una periodicidad establecida pero de modo regular. Aquellos penosos remedos de artículo daban lugar a muchas visitas, encendidos debates, opiniones favorables y desabridas, pero me dejaron el regusto de la mala educación en muchos de ellos, de la mala baba, de la sensación de que esta sociedad chabacana, grosera e impertinente se había apoderado del debate, la discrepancia elegante, e incluso de la tan despreciada pedantería, que al final resulta preferible antes que el autoritarismo latente.

Cuando me quejaba a mi amigo, éste me respondía que no dejaría de publicar opiniones más allá del Código Penal (ese compendio de leyes españolas que siempre defiende al asesino frente al asesinado; a quien insulta frente al insultado, y en general, a quien se salta la Ley antes que a quien pide su amparo) y que no podía imponer a la gente que tuviera educación y, ya puestos, que supiera escribir con un mínimo de respeto a la Ortografía.

Me llegó a salir quien se oponía porque sí, criticando hoy lo uno, mañana lo otro y al tercero lo contrario. Incluso hubo veces en las que, por dejar en evidencia su papanatismo, le llegué a aceptar su opinión contraria, me puse de su parte y también eso me lo descalificaba. Naturalmente, estimo en mucho a mi amigo, pero así no se puede estar y lo dejé. Los números dirán ─de hecho, dicen─ qué se ha ganado y perdido en el envite, más de lo segundo, al parecer.

El comportamiento asqueroso de esta sociedad de telebasura, falta de la educación mínima, acostumbrada al todo vale, a la imposición de sus opiniones, a la falta de respeto, a la justificación de todos sus atropellos, al escándalo, el chillido, el grito, ha venido a dar últimamente abandonos amargos de quienes tienen mucho que dar y que por supuesto ha venido a ser recibido como únicamente saben los cochinos: revolverse en su propia mierda.